jueves, 19 de abril de 2012

Durante la ausencia

Durante la ausencia de una persona importante en tu vida (dura por cierto, muy dura), es cuando realmente como ser humano: reflexionas, rectificas y creces. Es allí, donde te haces mejor persona, y donde definitivamente es que te das cuenta de que realmente has perdido algo valioso. Algo enteramente valioso.

Yo por ejemplo, me di cuenta que no valore ciertos momentos que hoy quisiera repetir, como escucharla hablar tonterías mientras se queda dormida; discutir de existencialismos que nada importan hoy en día; o el simple hecho, de sus manos recorrerme el cabello. No valoré los sacrificios que una vez hicieron en mi nombre y no realice los suficientes sacrificios para permitirle vivir esas experiencias como si nunca antes se pudiera repetir, entregándolo todo, como debía ser.

Y es que, uno de los mayores errores de un ser humano, es dar por sentado que las cosas siempre son eternas, así lo hacemos con todo, con nuestras vidas, y con todas nuestras relaciones emocionales. Creyéndonos seres incorruptos, incapaces de ser golpeados por el tiempo.

Ahora, por ejemplo, no encuentro en ningún lugar la tranquilidad y la emoción que podía generarme alguna palabra emitida de tan dulces labios; no entiendo tampoco, cómo no pude disfrutar aún más, de todas esas sonrisas. Del calor que generaban sus manos al tocar las mías, o de las noches completas en las que dormía. Quizá, subestime su inteligencia, esa misma inteligencia que hoy con su despedida, sigue enseñándome y dándome motivos para seguir creciendo. Eso, no sólo demuestra el poco valor que una vez le otorgue algunas experiencias, como a personas mismas, sino también, que sólo existe una forma de aprender las cosas: ésta, la difícil, la dolorosa, la que usualmente termina con las esperanzas y con un hueco profundo en las entrañas.

Porque así es como se aprende a valorar las cosas, sólo, y únicamente sólo, durante la ausencia.

viernes, 13 de abril de 2012

La libre expresion ahora está en la carcel

Me da miedo expresarme en un país como Colombia, bueno, algunos otros países tienen el mismo problema de libertades, pero no los conozco, y no sé de sus informes en criptas, hospitales, y medios.

Aquí la libre expresión ya es un mito: no puedes expresarte de ninguna forma ya sea porque el internet lo privatizan y el estado te sanciona de forma legal, o porque algunos ilegales pagan un peso para que al día siguiente termines con una bala en la cabeza. Matan docentes, periodistas, reporteros, y cualquier persona que asuma el riesgo de hacer una demanda, una tutela, o un juicio de valor mediante sus expresiones en cualquier tipo de medio y medida. Ahora, cuando pensaba uno estar protegido por los matones en el internet, el gobierna entonces crea sistemas penales para ello. Absurdo ¿no?...

Y de tanto, todas esas opiniones con pruebas y veracidad, están en la cárcel, o en su defecto, enterrados tres metros bajo tierra. A veces, es mucho mejor dejarse estigmatizar por los medios de comunicación que ejercen papeles políticos y de ansioliticos, qué expresarse propiamente, que abrir los ojos y aterrarse de la realidad. Porque cuando uno se aterra de la realidad, entonces protesta, e intenta hacer las cosas como deberían ser, y cuando intentas hacer las cosas como deben ser, cualquier estúpido mandatario (que no sé de dónde salen) decide desaprobare, y aún más peligroso, cualquier inepto que se vea perjudicado decide sacarte del camino.

Y es así, como la libre expresión termina en la cárcel y los cementerios de nuestro país, incapaz de avanzar, incapaz de competir, incapaz de educarse.

viernes, 6 de abril de 2012

Aprendí de ella (1)

He aprendido mucho de ella. De su boca, y de sus palabras; de sus ojos y de sus expresiones; de su personalidad y de sus defectos. He aprendido que la verdadera belleza de una mujer radica en los ojos que te miran y te corresponden mientras pestañean.

He aprendido que hay siluetas hermosas durante las noches, y una de ellas es esa que esta recostada sobre tu cama completamente dormida. Cuando te quedas observando aquella imagen, te das cuenta de lo delicada que puede ser una personas, sus emociones y su fugitivo corazón.

He aprendido que no hay que dar por sentado un sentimiento o un pensamientos, que siempre es bueno, sobre todas las cosas, expresarlos, decirlos, compartirlos, con toda sinceridad. Nunca puedes simplemente creer que las personas saben cuanto importan ellas para ti. He aprendido, que los mejores momentos no sólo involucran pequeñas sonrisas, y grandes carcajadas; las lágrimas también hacen parte del bello paisaje.

Aprendí que muchas de las canciones del mundo están hechas para ti. Que sus letras cuentan tu historia, y que su melodía es un grito de guerra en amores. Aprendí que se pueden dibujar retratos que pintan el corazón y delinean promesas.

He aprendido que una mujer puede ser el centro de tus sueños, pero no puede ser el centro de tu vida. No se puede simplemente pedir ser amado o pedir ser olvidado. Y que un trago amargo de licor durante la ausencia recrea el vinillo de las voces que memorizaste en su compañía.

Y sobre todo, he aprendido que no importa cuantas cosas le digas a alguien más, cuantas veces afirmes estar perfectamente bien, cuando se trata de mujeres y amor, es simplemente imposible mentirse así mismo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Dialogo

—Qué asco enserio —dijo al salir del baño.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo qué pasa? Acaso los hombres no tienen la decencia de subir la tapa antes de miar. Siempre tienen que salpicar toda la mierda esa, siempre tienen que ser unos cerdos —reprochó... Es que no lo entiendo... ¿Por qué lo hacen?
—Los otros hombres no sé porque lo harán... Pero la verdad es que yo la he visto tan sucia que me ha dado asco tocarla.

Un adiós anunciado - Gian Franco Pagliaro


Me imagino que cuando todo pase
y pasará, cuando tú y por supuesto yo
recordemos sin amarguras, sin remordimientos,
con una dulce nostalgia lo que todavía sentimos,
lo que nos hemos propuesto no sentir más,
lo que finalmente dejaremos de sentir,
porque está mal y si está mal causa malestar como un dolor de cabeza, como una culpa,
para ti más que para mi, quiero que lo sepas
En fin, cuando después de todo lo bueno
que nos pueda pasar en este mundo
y tanto tú como yo
con nuestras vidas rehechas lejos de nuestras vidas, nos volvamos a ver
-estoy seguro de eso-
en una calle cualquiera, en un café,
en la parada de un taxi, a la salida
de un banco o en un supermercado.
Seguramente nos miraremos sorprendidos
y no sabremos qué decirnos, si darnos un beso
o darnos la mano como dos viejos amigos.
Te preguntaré si tienes tiempo,
te invitaré a un bar.
Te diré que estás más linda que nunca,
que yo tenia razón,
que los años iban a resaltar tu sensualidad
y tú me dirás, para no herirme, que no he cambiado tanto.
Y luego me preguntarás por los chicos,
por mi esposa,
y yo te preguntaré si te has casado y finalmente
antes de despedirnos, con toda la franqueza
que siempre me cuestionaste,
con toda la sinceridad que nunca te convenció,
voy a decirte una vez más
lo que jamás me creíste:
nunca amé a nadie como a ti,
como tú nunca nadie me amó.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El dinero; El trabajo.

El dinero es jodiamente importante, es lo que se requiere para vivir, es lo que se requiere para ser feliz. No importa que para obtenerlo se pierda la libertad, que para obtenerlo se pierda la tranquilidad. No importa que tienes que empezar tu vida laboral para obtenerlo comiendo mierda, y mucho menos importa, que por estar trabajando ni siquiera te quede tiempo para leer ese libro que compraste con el dinero que ganabas.

Es un mal necesario, uno que ayuda a establecer y formalizar relaciones, sin importar que esa relación sobreviva con dos días que tienes sin ocupaciones, y un día, dónde quizá el cansancio acumulado no te entuma el cerebro. Que va importar entonces, que después de hacer el amor quedes tendido en la cama completamente dormido para al día siguiente levantarte y seguir la rutina que ahora te hace feliz. Sí, irónicamente te hace feliz porque estas obteniendo dinero, y el dinero es la base de la felicidad.

Se justifica, todo ello se justifica. Un día, no tendrás que trabajar y dinero suficiente para disfrutar de tu vida, de hacer lo que siempre quisiste, con tranquilidad, sin afanes, sin estrés, ni discusiones. No importa que ese día, que recuperas toda tu libertad, te des cuenta que toda la vida te la pasaste sembrando frutos que no vas alcanzar a disfrutar, porque cuando lo intentes, las expresiones de tu cara se han marcado en la piel, la voz que antes era melódica y ligera, quizá esté ronca y pierda intensidad. Incluso, tal vez, esos sueños que empezaron al tiempo que empezaste a ganar dinero, y que con esa finalidad habías dejado tu vida para trabajar, ya ni siquiera desees hacerlos realidad, porque ni siquiera el cuerpo que para ese entonces ha perdido fuerza y veracidad, quiera simplemente recostarse en una cama y ver la vida terminar de pasar.

No importa... Siempre y cuando el dinero siga siendo en nuestro sistema de vida, la base de toda nuestra felicidad.

viernes, 23 de marzo de 2012

Dualidad

¿Cómo hacer ante tal dualidad?
Lo quiero tener pero a la vez repudiar,
lo quiero besar y a la vez alejar.
Quiero que deje de ser mi vicio; y yo, su víctima,
odio tocar el fondo sin poder ver la cima.

Mi silencio grita, mis suspiros exasperan;
y esas aberraciones de mi pasado vuelan a mi cabeza.
Locuaz pasado que me condena;
que me hace creer que soy un alma reservada a tus ansiosas miradas,
y a tus inexistentes caricias...

jueves, 22 de marzo de 2012

Usted regresa...

Sí, al parecer has regresado para contarme historias de amor que ni tú logras entender; para explicar deseos desaforados que en esas camas vacías no has logrado llenar; para tratar de contar algo que no se puede contar...

Usted ya no se presta para una charla amena; mis oidos no pueden escuchar sus palabras, sus historias, propiamente tú historia. Aquella que usted no quiso redactar a mí lado y prefirió vivir ahí, ahí en ese sin fin de camas vacías que ha logrado usted encontrar...

Ahí más bien quédese a contar esta historia que yo ya no puedo escuchar.

lunes, 19 de marzo de 2012

Debería...

Aún no descubro por qué si sabía que te irías, todavía intento saber si te tengo.

Sé que me equivoco, que debería pensar más en mí y menos en ti... que debería borrar cada beso de los muchos que me diste. Que debería irme, salir corriendo de tu recuerdo y arrancarme la piel que tatuaste...

Sé que debería lavar mi piel hasta que deje de oler a la tuya.... que debería mirar hacia otra parte, donde no vivas tú... que debería seguir caminando en dirección contraría, donde no hubiera sitio para encontrarte....

Sé que deberia olvidarte... ignorar el silencio... seguir caminando... dejar de soñar....

Pero no puedo... aún sigo preguntándome si en el fondo, te tengo.

Aran Saul

domingo, 11 de marzo de 2012

Crónicas de amor

Historia 6.
Todo apego emocional, es la base del sufrimiento.
Parte 2.


Caminaba entre la gente que tropezaba conmigo por su afán de abordar el avión que los llevaría a otra parte del mundo. Cerré los ojos y escuché los pasos acelerados de la gente sin dirección. No tenía prisa por llegar a la sala de espera.

De pronto el bullicio me sobresalto: Una mujer gritaba.

—Espera mi amor… —su voz era intensa, desesperada.

Sonreí aún con los ojos cerrados y sin dignarme abrirlos para mirar. Sólo deseaba que fuera ella, que estuviese corriendo para darme alcance, despedirse y confesarme su amor. Pero no iba a voltear, no iba hacerlo, tenía que defender lo que me quedaba de dignidad.

—Espera —volvió a gritar la mujer, y las personas que estaba allí cerca se conmocionaron. Se escuchaban sus chismorreos en tan sólo susurros.

Me giré rápidamente para contemplar a la mujer que gritaba. ¿Era ella? Esperaba que lo fuera. Pero entonces, la realidad me abatió; me golpeó en la cara; me sacudió a una triste verdad. Aquella mujer que gritaba no era ni cerca, la persona que yo esperaba. Era una total desconocida que corría con un paquete en dirección a un joven no más adulto que yo. Tal vez se tratará de su madre, y el paquete era algo que el joven había olvido empacar.

¡Mierda!

Esa tonta ilusión no era más que culpa de todas esas estúpidas películas románticas que veía. Que siempre finalizaban con ella o él alcanzándolos en el aeropuerto o el tren. Pero esas cosas no pasaban en la vida real.

Jamás pasaban en la vida real.

Estúpida vida real, estúpida televisión que me había creado clichés de estereotipos románticos.
Miré el suelo del aeropuerto. Mi valentía y dignidad no significaban nada ya. Me quedé pensando en el “que hubiera pasado…” pero esas cosas, no pasaron. Así que no tenía sentido seguir pensando en eso. Levanté la cabeza. Miré fijamente al frente, al horizonte, al norte imaginario al que nunca llegamos. Y decidí que lo mejor que podía resultarme en la vida, estaba por venir, y no era en absoluto, lo que estaba por dejar atrás.

Y me sentí seguro.

Cuando estaba por pasar el marco de la penumbra que daba lugar a la sala de espera donde esperaría el avión y de la cuál no podría volver a salir, me detuve. Miré hacia atrás esperando que en ese momento como en esas estúpidas películas que ya he mencionado, apareciera ella corriendo para darme ese beso que condenaría nuestro amor hasta que volviéramos a juntarnos. Pero no vi más que idiotas angustiados por el vuelo, estresados por el tiempo y acabados por el trabajo. Nada más que desconocidos corriendo.

No la vi a ella. Me volteé asumiendo la realidad, dolido, triste, y deprimido. Así no era como quería comenzar mi nueva vida. La verdad era, que no quería comenzar una nueva vida, quería simplemente cambiar el entorno de mi vida, pero que todo lo que ha estado conmigo, siguiera allí, como mi familia.

Quería que ella, siguiera allí. Que estuviera aquí… Todo aquello, lo hacía por ella. No valía la pena comenzar, si el motivo principal se ausentaba.

No valía la pena.

Atravesé al otro lado, a ese lado donde ya no hay marcha atrás. Ese lado que me decía con sus avisos en las paredes, que ya empezaba el primer pasó a una vida diferente. Me senté y el celular que había olvidado apagar, empezó a vibrar. Lo saqué y los ojos se me iluminaron. La duda, la dignidad, y todas esas mierdas que piensa uno para alejar a esa persona que quieres de tu corazón, terminaron igual que mi relación, en un retrete a punto de ser vaciado.

—Hola —contesté con alegría e ilusión.

—Hola —dijo ella con frialdad—. Sólo quería desearte un feliz viaje.

—Lamento que todo haya terminado así —no podía contenerlo más.

—Yo también lo lamento.

—Cuando quieras puedes venirte con nosotros, te guardaré un lugar.

—Gracias —dijo ella.

Hubo un momento de silencio en el que ambos escuchamos por el parlante que era momento de abordar el avión.

—Es mejor así —continuó—. Quizá es el momento para dejarnos ir.

No fui capaz de decir nada aunque tenía muchas cosas por decir.

—Sólo espero que esté cambio sea lo que te haga feliz —dijo antes de colgarme sin dejarme reprochar o replicar nada más.

Y es así, como aborde el avión, decidido a continuar, a emprender una nueva vida. A seguir con mi vida aunque eso no significa ni siquiera cerca, que aquellos cambios eran lo que realmente me hacían feliz. Ella nunca supo, que esos cambios que decidí aceptar, eran el primer escalón para tener las herramientas suficientes que garantizara nuestra felicidad para siempre.

No, ella nunca supo, que ese cambió era lo que yo quería para demostrarle que entonces, podíamos tener una relación más madura, seria y verdadera.

Esas relaciones que se basan en determinación, sueños y esperanzas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Crónicas de amor

Historia 6.
Toda apego emocional, es la base del sufrimiento.
Parte 1.


El aeropuerto no estaba tan atestado de gente como me lo esperaba. Ya tenía los tiquetes en las manos y la maleta ya estaba en posesión del aeropuerto. Había decidido salir a donde los carros aparcaban para descargar las maletas; una zona abierta dónde podría fumar con tranquilidad mientras contemplaba la ciudad a lo lejos.

Encendí un cigarrillo, y me recosté contra la pared a observar los carros que llegaban, y las personas que corrían con afán por alcanzar su vuelo. Mientras veía todas esas personas que abordarían una nueva vida, recordé la mía, la que tuve atrás, y la que dejaría en esa enorme ciudad que se divisaba al fondo mientras el viento acariciaba mis mejillas. Iba a dejarlo todo, mis amigos, mi casa, mis estudios y… a ella. A esa mujer que le había entregado todo sin mesura alguna. Se lo había entregado todo, no había dejado nada para mí. Eso explicaba el vació.

Aunque desearía que me acompañara, que empezara esa nueva vida conmigo junto a mi familia, ella no parecía tener la misma idea, no lo consideraría en ningún momento, y eso lo había dejado claro el día en que se lo conté. Un hermoso día que ahora se había ido por el retrete, como mis sentimientos y nuestra relación.

—¿Piensas irte en una semana? —me preguntó ese día, con la sorpresa evidente en sus cejas fruncidas.

—Sí —quise decirle algo más, pero en ese momento no pensaba con claridad. Más aún después de ver como sus ojos se aguaban y se resistía a llorar.

—Una semana… Y apenas te dignas a contármelo —había continuado luchando para no llorar—. Es como si no te importara que nos separemos para siempre…

—No es para siempre —quise explicarle—. Para mi también es repentino, y podemos… hacer algún plan…

Ya no contuvo las lágrimas.

—Por qué no me lo habías dicho.

—No tuve tiempo.

—¿No tuviste tiempo? —dijo—. Pero si hemos estado juntos por semanas.

—No quería llenarme de melancolía y desperdiciar el poco tiempo que me quedaba de momento contigo.

—¿Hace cuánto lo sabes? —se limpió las lágrimas con las manos.

—Hace un mes —había dudado en decirle la verdad. Pero como he dicho, siempre pienso en un plan mejor después de que ya la he cagado.

—De verdad es que te importa una mierda nuestra relación —se echó a llorar en ese momento.

—Pero… amor… tú puedes…

—Pero nada, no puedo nada —me interrumpió abruptamente con la voz chillona—. Lárgate de una vez, tienes una semana para empacar tu estúpida maleta.

—Amor —insistí, pero ella no me escuchaba. No quería dejarme explicarle que tenía un plan para reunirnos después, para que compartiera esa experiencia conmigo. No quería dejarme explicarle que la amaba y todo lo que había considerado era precisamente para no dañarla.

—No me digas nada más —se apartó de mí cuando intente abrazarla, consolarla…

Efectivamente ese día abandonó la casa sin decir nada más, con las lágrimas recorriéndole las mejillas, y con los dientes tensos de la rabia. Desde entonces, no supe nada más de ella. Había pasado una semana, y en ningún momento contestó mis llamadas, hasta que desiste de seguirla buscando.

Me dolía, sentía un vacio. Era la decisión más dura que había tomado de momento en mi vida. Empezar mis estudios en otro país, con la posibilidad de viajar con mi familia. Ella era lo único que me aferraba a esa tonta ciudad, y no quería dejarla ir.

Terminé de fumar mi cigarrillo con los ojos irritados tras la melancolía de mis pensamientos. El avión despegaría en poco menos de una hora y no la volvería a ver. Deseaba salir corriendo y buscarla, pero era una idea muy infantil. Había que aceptar las cosas tal y como eran. Aunque tuviera esperanzas, aunque tuviera un fervoroso amor arrancándome el corazón.

¿Qué estaría haciendo ella ahora?, observé por última vez aquel cielo de mi ciudad, donde crecí, donde me enamoré, donde sufrí, donde la conocí a ella. El majestuoso cielo de la tarde con el sol ocultándose dejando un matiz amarillo entre las nubes mientras lo hacía. Ese majestuoso cielo, que ahora contemplaba mis secretos, como esa lágrima que se deslizaba de mis ojos.

Me limpié con la maga de la camiseta, me volteé para entrar de nuevo al aeropuerto ahora que había terminado de fumar mi cigarrillo. Entré por la puerta que marcaba un numero 3 (la tercera entrada al aeropuerto) decidido a dejar atrás esa ciudad, con todo lo que ello implicara, aunque me matara de dolor.

lunes, 5 de marzo de 2012

Crónicas de amor

Historia 4.
Todo pasado y presente perturba.


Estaba sentada en el reconfortante asiento delantero del carro de mi novio. Lo contemplé mientras conducía y hablaba de no sé qué. Tenía el rostro tenso, se evidenciaba en las líneas de expresión el tiempo. Su edad. Recordé cuando lo conocí, yo era tan sólo una niña revolucionaria y él, un hombre. Quizá para ese entonces, ese aspecto tan marcado y característico de hombres mayores, fue lo que me conquisto y cautivo. Pero ahora, quizá no tienen nada de particular, porque ahora yo, deje de ser una niña nada más.

—Y tienes que meterle muchas ganas a tu empleo —dijo mi novio mirándome a sabiendas de que tenía la mente dispersa por todo el lugar intentando forjar una conversación formal conmigo.

Lo miré de nuevo. No dije nada.

Cuando estoy con él, todo está en su lugar, todo parecer ir bien. Mi entorno parece alinearse cuando se trata de él, de mi relación, de mi fiel compañero. Pero cada que lo miro a los ojos, cada que lo escucho decir sus tan maduros y cuadriculados comentarios, me percató de que no es lo que me llena, no es lo que me satisface, no es lo que me completa. No es él lo que yo estoy deseando en estos momentos de mi vida, aunque haya demostrado ser lo mejor, para estos momentos de mi vida.

Había estado mirándome mientras yo reflexionaba sobre nosotros. Dejo de hacerlo cuando no recibió respuesta a su comentario. Siguió conduciendo con su semblante tranquilo. Su actitud, aunque fuese pasiva, era severa, y cada que su actitud afloraba en nuestras conversaciones recordaba el tiempo en que nos separamos. Los años que no estuvimos juntos.

Recordé a quien conocí en esos tiempos, un hombre completamente diferente, mucho menos formal, más casual, engreído, petulante e infantil. Con grandes cualidades: Inteligente, perspicaz, y sensible. Alguien muy diferente a mi novio sentado en el asiento del conductor. Eran tan diferentes que me llevo a cuestionar mis viejos sentimientos, y mis nuevos sentimientos. Y lo peor de todo, es que aquel hombre, aunque ya no estuviese a mi lado, aunque ya todo hubiese terminado meses atrás, lograba seguir influenciándome, lograba conseguir que yo estuviera en estos momentos, cuestionándome lo que siento por mi fiel compañero.

—¿Iremos dónde tu mamá un rato verdad? —me preguntó mi novio interponiéndose en mis pensamientos.

—Claro —le contesté.

Mi madre amaba y respetaba a mi fiel compañero por ser algo que ella ha idealizado de pequeña: Un hombre capaz de responder por mí en todo sentido. Esa idea machista que tiene una madre, o quizá un delirio de sobreprotección era lo que fundamentaba su amor por él. Que lo aceptara, que lo reconociera, que lo respetara. Lo lamentable de los deseos de mi madre, es que realmente no me conoce. No sabe que amo el arte, que me gusta escribir y que lo hago en secreto, que me gusta leer, que deseo una vida donde pueda soñar con libertad.

Mi madre no sabe que aquel hombre que aborrecía meses atrás, era la única persona que compartía esos sueños utópicos conmigo.

—¿Necesitas dinero?... —dijo mi novio—. Pareces preocupada. Tensa —intentaba hacer que su presencia se notara en el carro, y yo dejara de divagar en mi mente.

—No. Aún me queda mucho dinero del último pago —respondí.

¿Cuándo comprendería él y mi madre que el dinero no lo es todo en la vida? ¿Cuándo entenderían que no es lo más importante para la felicidad? ¡NO!. No puedo reprocharlo. ¿Cuándo lo entendería yo? Cuándo podría decirme eso con toda sinceridad, cuando uno de los aspectos que me unían a mi actual novio y fiel compañero, era el dinero. La estabilidad que generaba eso a nuestra relación.

Es que el dinero, genera estabilidad a cualquier relación.

La última frase que pensé, me llevo como un torbellino a los recuerdos del pasado, donde disfrutaba de banalidades. Donde disfrutaba de momentos tranquilos creados de meros impulsos y que solo aquel hombre que deje meses atrás, me hacía vivir. Aquel hombre me llevo a redescubrirme a reencontrarme, a volver a ser esa niña que un día se perdió en una relación de adultos aún sin concebir el concepto de adulto.

Aquel hombre, me enseño a disfrutar de nuestros cuerpos desnudos sin tener mucho dinero. A disfrutar de la compañía y las palabras más que de un obsequio caro. Me enseño a disfrutar del momento propicio para un beso extenso.

—¿Qué quieres hacer? —me dijo mi novio, indispuesto a perder la batalla con mis pensamientos y darse un lugar dentro del vehículo. Su vehículo.

—Quisiera ir a un parque —le respondí con sinceridad. Respondí ilusa en disfrutar de esa extraña libertad que ya no tenía y que disfrutaba meses atrás con otro hombre.

—Es muy tarde para ir a estar en un parque en está ciudad —replicó él—. Mejor vamos a bailar con mis amigos. Nos han invitado hace semanas.

Asentí con la cabeza. Que más daba, total, me encanta bailar. Además necesito pasar tiempo con él. Con mi novio. Con mi fiel compañero. Él se ha portado muy bien conmigo, sabe amarme, sabe respetarme, es confiable, me demuestra mil cosas en su tan cuadriculada forma de ser. Él se merece está oportunidad. Se merece que le corresponda, que lo ame, que deje de pensar en aquel hombre… En ese ridículo hombre que me perdió meses atrás.

No puedo negar que mi novio y fiel compañero es importante para mí, para mi vida. Pero tampoco puedo negar que amé aquel hombre ridículo que me perdió, con el que compartí meses atrás.

El celular vibro dentro de mis vaqueros. Lo saqué. Mi novio me observó en silencio. Eso era algo que le sumaba, jamás preguntaba demasiado.

Era un mensaje de texto el que había llegado a mi celular:

Espero disfrutes de tu noche, y nunca olvides eso que es tan tuyo. Tu libertad.

Sonreí. Aquel hombre me había escrito, se acordaba de mí. No renunciaba a mi corazón, a mis pensamientos. Era doloroso que eso pasara, que yo aún pensara en él, que yo estuviera con otro, que mi novio sufriera, que aquel hombre me deseara buenos momentos a un sabiendo que estaba con mi novio. A un sabiendo, que eso le rompía el corazón.

Detestaba profundamente sus buenos deseos.