domingo, 18 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo IV


—Me llamo Lilyth —me dijo pronunciando el nombre con suma delicadeza. 

Miré a la mujer parada frente a mí, no sonreía pero su rostro no parecía serio o insípido. Su cabello pelirrojo artificial le sentaba bien cayendo a ambos lados de sus mejillas. Tenía una trenza decorando su perfil de cabello rojo que la hacía ver más joven. Y aunque los ojos que se fijaban en mí con indiferencia, fuesen oscuros y vacíos, inspiraban transparencia, sinceridad, y confianza. 

—Mucho gusto Lilyth —le contesté ofreciéndole mi mano.

La joven pelirroja la estrechó y me ofreció una sonrisa.

—Ahora no creas que me interesas o algo así —me dijo sin dejar de sonreír—. Cuando los hombres están necesitados, ven todo como una señal.

—Lo tendré en cuenta —le dije sonriendo—. Quizá tu análisis se debe a un estado alusivo por la marihuana ¿no?.

—Para entender a una mujer no necesito estar drogada —me respondió y antes de que yo pudiera explicarle que hablaba de su conclusión sobre mi estado "necesitado", ella ya estaba complementado—. Y para entender a un hombre, sólo tienes que observarlo. 

—A mí se me hace que únicamente presumes de inteligente —dije ofendido. ¿No era yo un misterio para las mujeres? Imposible que tantas mujeres se equivocaran diciendo eso en el pasado.

—Lamento haberte ofendido —se disculpó notando de nuevo mi hostilidad—. Siempre hablo demasiado. 

Y vaya que sí hablaba demasiado. Siempre haciendo conjeturas de todo, era irritante, o bueno, quizá era que yo no estaba emocionalmente bien para tener ese tipo de conversación con una desconocida. 

—No te preocupes —suspiré, era mi culpa, estaba esperando mucho de alguien con la que no interactuaba hace años. Sí, de Eva, así como esperé mucho de quién una vez me enamore. A veces, se nos olvida que también pueden olvidarnos. Que también somos vulnerables por el tiempo, que también somos pensamientos que pueden erradicarse.

Lilyth miró el piso sin decir nada más. Parecía incomoda, o insatisfecha. Era como si temiera hablarme, y yo, yo no entendía porque seguía en aquel parque al que la luna no parecía alumbrar, y donde el viento había renunciado a cruzar. Se sentía vacío, insípido, desconocido.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté acercándome cautelosamente. 

Aunque yo fuese un soberbio joven pensador, también era bastante emocional para entregarme con facilidad a las mujeres, y bastante torpe, para no tener suficientes amistades. O más bien, es que no sabía tenerlas. Ni a las mujeres, ni a las amistades. 

—Sí, solo estoy aburrida.

—¿Y tus amigos? —le pregunté observando a los demás jóvenes que estaban detrás de nosotros acostados boca arriba mirando el cielo, y parloteando estupideces. 

—Bueno, ellos parecen disfrutar de un cielo sin estrellas —me contestó observándolos también—. La idea de fumar con tus amigos es conversar, pero ellos, al parecer son incapaces de hacerlo con cierta lógica. 

—Que exigente eres para estar drogándote —ella río sin complicación. 

—Debes tener una mala percepción de mí —dijo—. Y la verdad, soy tan normal como tu amiga. 

—No es mi amiga —contesté a la defensiva.

—Y no será más que eso, si sigues con esa actitud.

—Qué sabes tú de ella y yo —la cuestione, no soportaba más esa mierda de conclusiones.

—Se que es una mujer al igual que yo y conozco a las mujeres—empezó, hizo una pausa, me miró a los ojos fijamente y retomó la palabra—. Además soy su amiga y la conozco. 

«¡Hijo de puta!».

Tenía Eva una amiga así, tan diferente, tan pequeña... Siempre me imaginé que las personas que rodeaban a Eva eran más artísticas;  más maduras; más adultas. Pero bueno, no sé por que no me lo esperaba, siempre ha sido así, siendo el despistado de siempre.

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