viernes, 30 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo VI

Mi casa, un templo glorioso. Las paredes blancas relucían a la medida que subía las gradas para el segundo piso. Cruzamos la sala de computo, atravesamos un largo pasillo, la pintura falsa de Botero, hasta llegar a la puerta de madera con chapa de cobre dorada. Mi cuarto, mí palacio.

—Espero no te moleste, prefiero hablar en mi cuarto —le dije a la pelirroja, quién sonrió y asintió con la cabeza—. Siento que él sabe guardar mejores secretos que yo.

Los ojos de Lilyth se veían diferente, un poco más fríos, más vacíos. Inquietantes. Preocupantes.

—¿Quieres escuchar algo? —le pregunté intentando liberar las preocupaciones de su mente. Yo no esperaba solucionar sus problemas, resolver lo que sea que tenía. No, yo sólo deseaba comerle la boca. Sólo deseaba encontrar la forma más fácil de probar sus labios rojizos por el brillo labial de Nivea.

—Lo que tú quieras está bien —contestó y se sentó en la cama con toda confianza.

Mi cama, la que alguna vez presencio mi primera vez con la única mujer de la que me había enamorado, que en otra ocasión tuvo entre sus amplitudes el cuepro de Eva recostado sobre el mío, y que hoy, presenciaría mi más oscuro deseo de seducir a una completa desconocida influenciado por el despecho, la soledad y la desesperación hormonal.

—¿A qué debo tu sorpresiva visita? —le pregunté dándole la espalda, conectando mi iPod al reproductor que estaba en el escritorio. No me fijé en que era lo que realmente iba a sonar, pero me sorprendí cuando la primera canción que de forma aleatoria eligió mi reproductor musical fue "Zoom" de Soda Stereo.

Esa canción me emocionaba.

—Eva me ha habló un poco de ti —contestó; yo me giré para mirarla a la cara, pero ella miraba a otro lado, uno donde no estaba yo, donde sólo estaba ella.

—Que te dijo —la canción de Soda Stereo retumbaba en mi cabeza confusa. Mientras pensaba en qué podría haber dicho Eva de mí; mientras pensaba que la mujer que deseaba ahora en mi cuarto como aquella noche, no era pelirroja, era una rubia de ojos claros con cuerpo perfecto y mirada penetrante; al mismo tiempo deseaba que Lilyth dejara de hablar y nos besáramos así, sin más, sin explicación, sin méritos, sin tiempo...

—Que eras una persona confiable —dijo—. Y por eso estoy aquí.

«¿Confiable?» me pregunté. ¡A Eva le parecía yo confiable! «¿Qué?».

—Sí, alguien con quien se puede hablar sin juicios morales —complementó al ver mi cara de consternación.

—¿Te sucede algo malo? —le pregunté ya inquieto y ansioso. De qué mierda se trataba todo eso. De que mierda estaba hablando.

—Sí —contestó y de pronto sus ojos mostraron pasión, calor, mostraron la vida de la que había carecido cuando entro.

Me senté a su lado.

La miré fijamente atraído por la fiereza de sus ojos.

Lilyth no parecía querer concluir la respuesta aunque le estuviese dando el espacio para hacerlo, y yo, mientras tanto, mientras le brindaba el espacio para que concluyera, no podía dejar de mirarla. Ahora que estaba más cerca de ella sin tener alrededor un parque vacío, carente de luz y de comodidades, aquella joven peliroja me parecía bastante (muy) atractiva. Tenía los ojos delineados de negro y las pestañas grandes.

Eso sí, mientras la miraba intentaba ignorar su atractivo escote. No quería parecer uno de esos ñoños necesitados y morbosos.

Me acerqué, no podía permitirme vacilar, y aunque me diera curiosidad saber que hacía allí, y aunque me muriera por saber que significaba aquella visita, y que tenía que ver Eva con todo esto, lo que más deseaba en ese momento, era tener mis labios cerca de los suyos. Por encima de cualquier cosa. Por encima de mi razonamiento.

—Esa banda es diferente a todas las que alguna vez he escuchado —me interrumpió, no me había dado cuenta que me había acercado mucho, tanto, que su nariz estaba a pocos centímetros de la mía. A veces, me transporta más de la cuenta... 

—A mí me encanta —le contesté volviendo a tomar distancia, percibiendo que aquella interrupción era una advertencia aunque ella no se hubiese inmutado en absoluto. 

Quise olvidarlo, controlar mis estúpidos impulsos hormonales. Quise respetar el espacio de la joven pelirroja, y preguntarle de nuevo, que era lo que de verdad quería. Pero antes de volver articular palabra alguna, ella me interrumpió de nuevo. Me miró, y me cantó:

Pruebame y veraz, que todos somos adictos —tenía una linda voz, quizá no tan melodiosa, quizá un poco gruesa y plana, pero linda a su manera. Sonrió y no pude aguantarlo más, me acerqué, recibí el aliento de un nuevo verso—. Lo que seduce nunca suele estar donde se piensa...

La callé, callé su canto en ese momento, en ese momento la besé. Pose mis labios sobre los rojizos labios de ella. El brillo, sí, sabía a cereza, como sabían sus besos. 

martes, 27 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo V

Miraba el techo blanco de mi cuarto. Habían pasado un par de noches desde que vi a Eva por última vez, y no deseaba ir aquel frío parque a esperar que se apareciera de nuevo, como lo había deseado antes. No, después de lo que su supuesta amiga me dijo, no desde que la joven peliteñida de rojo me había hecho caer en cuenta: Yo no le gustaba a Eva y ella —para mi pesar, sí, me gustaba, me gustaba mucho.

Así funcionaban las relaciones humanas, así funcionan las mujeres, cuando realmente guardas ese grado de esperanza, cuando guardas aquellas minuciosas posibilidades de que suceda algo —ya sea porque lo justifican ciertas acciones del pasado—, no sucede, nunca sucede, siempre termina así. Había olvidado aquella regla: Nunca esperes algo, o el simple deseo evitará que ello suceda. 

Con la música de Zoe invadíendo mis pensamientos, cerré los ojos, y recordé ese rubio cabello, esos dulces labios con sabor a vino, menta, y cigarrillo me besaban, recordé ese momento en que pude acariciar su cuerpo sentado sobre el mío, sobre esa cama en la que ahora estaba recostado. Esa cama que nunca antes había sostenido tan bella mujer. 

Cerré los ojos con más fuerza, y me entregué a la música. Como nunca antes lo había hecho. Quería hacerle el amor a la música. Canté: 

«Regalame tu corazón, déjame entrar a ese lugar, donde nacen las flores, donde nace el amor —canté abriendo lentamente la boca, dejándome llevar por la música que inundaba cada centímetro de mi cuarto—... Moja el desierto de mi alma, con tu mirar, con tu tierna voz —imaginaba la boca de Eva con aliento de menta, y vino acercarse a la mía, mordiéndola suavemente—, con tu mano en mi mano —Eva me sujetaba fuertemente el cuello, y sus dedos se enredaban por mi cabello, su cuerpo se extendía por el mío—... Y entrégame esos labios rotos, que quiero besar, que quiero curar»... 

Pero entonces, un estruendoso ruido me sacó del bello mundo de la imaginación, y me aterrizó a esa asquerosa realidad donde yo era un iluso perdedor, desesperado y necesitado de amor. El estruendoso sonido no ceso, era el timbre de la puerta, y como de costumbre mis ocupados padres no estaban. Dude en bajar y abrir la puerta, pero volvieron a timbrar. Al parecer, había alguien que no desistía de timbrar, daba por hecho que alguien estaba en casa.

El timbre volvió a resonar entre la casa. No quería abrir los ojos, quería seguir escuchando la música, quería seguir recreando a Eva en mi mente. Era la primera vez que lo hacía, podía sentirla. De nuevo el timbre sonó. Me levanté, suspiré decepcionado y bajé abrir la estúpida puerta.

«¡Coño! cuál es la intensidad».

Me asomé por la ventaba para ver quien era la impertinente vecina que deseaba incomodar, como sólo ellas saben hacerlo cuando tú estás apunto de entregarte a la imaginación, al sueño frustrado que nunca se hará realidad, porque hombres como yo, como el increíble e inteligente Facundo no saben aprovechar. 

Una mujer de cabello rojizo artificial me saludó con un emotivo movimiento de manos a través de la ventana.

«¿Lityth?».

Yo podría ser muy ingenuo muchas veces, podía ser torpe, e incluso a veces indiferente y frío, pero, que aquella joven de cabello teñido estuviese frente a mi puerta sin que yo le hubiese dado una indicación, sin que yo, ni siquiera le hubiese invitado, significaba una sola cosa: Esa misma que pensaría cualquiera que tiene la casa sola. 

Abrí la puerta.

—Ojalá que no te moleste, pero quería hablar contigo —dijo sin saludarme. La observé sin más, sin responder, ese jean negro pegado a su cintura y sus piernas, que no eran para nada delgadas, y esa blusa de tiras blanca con escote que dejaba entre ver sus medianos senos, eran la única justificación que necesitaba. 

En ese momento, Lilyth, la peliteñida de rojo, y amiga de Eva, era la prueba contundente de que podía ser más hombre, de que no era frágil... era la prueba que necesitaba para demostrarle a la vida que había aprendido, que no iba a dejar pasar más oportunidades.

—Pasa —le respondí al cabo de un minuto en los que sus ojos observaban como la miraban los míos. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo IV


—Me llamo Lilyth —me dijo pronunciando el nombre con suma delicadeza. 

Miré a la mujer parada frente a mí, no sonreía pero su rostro no parecía serio o insípido. Su cabello pelirrojo artificial le sentaba bien cayendo a ambos lados de sus mejillas. Tenía una trenza decorando su perfil de cabello rojo que la hacía ver más joven. Y aunque los ojos que se fijaban en mí con indiferencia, fuesen oscuros y vacíos, inspiraban transparencia, sinceridad, y confianza. 

—Mucho gusto Lilyth —le contesté ofreciéndole mi mano.

La joven pelirroja la estrechó y me ofreció una sonrisa.

—Ahora no creas que me interesas o algo así —me dijo sin dejar de sonreír—. Cuando los hombres están necesitados, ven todo como una señal.

—Lo tendré en cuenta —le dije sonriendo—. Quizá tu análisis se debe a un estado alusivo por la marihuana ¿no?.

—Para entender a una mujer no necesito estar drogada —me respondió y antes de que yo pudiera explicarle que hablaba de su conclusión sobre mi estado "necesitado", ella ya estaba complementado—. Y para entender a un hombre, sólo tienes que observarlo. 

—A mí se me hace que únicamente presumes de inteligente —dije ofendido. ¿No era yo un misterio para las mujeres? Imposible que tantas mujeres se equivocaran diciendo eso en el pasado.

—Lamento haberte ofendido —se disculpó notando de nuevo mi hostilidad—. Siempre hablo demasiado. 

Y vaya que sí hablaba demasiado. Siempre haciendo conjeturas de todo, era irritante, o bueno, quizá era que yo no estaba emocionalmente bien para tener ese tipo de conversación con una desconocida. 

—No te preocupes —suspiré, era mi culpa, estaba esperando mucho de alguien con la que no interactuaba hace años. Sí, de Eva, así como esperé mucho de quién una vez me enamore. A veces, se nos olvida que también pueden olvidarnos. Que también somos vulnerables por el tiempo, que también somos pensamientos que pueden erradicarse.

Lilyth miró el piso sin decir nada más. Parecía incomoda, o insatisfecha. Era como si temiera hablarme, y yo, yo no entendía porque seguía en aquel parque al que la luna no parecía alumbrar, y donde el viento había renunciado a cruzar. Se sentía vacío, insípido, desconocido.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté acercándome cautelosamente. 

Aunque yo fuese un soberbio joven pensador, también era bastante emocional para entregarme con facilidad a las mujeres, y bastante torpe, para no tener suficientes amistades. O más bien, es que no sabía tenerlas. Ni a las mujeres, ni a las amistades. 

—Sí, solo estoy aburrida.

—¿Y tus amigos? —le pregunté observando a los demás jóvenes que estaban detrás de nosotros acostados boca arriba mirando el cielo, y parloteando estupideces. 

—Bueno, ellos parecen disfrutar de un cielo sin estrellas —me contestó observándolos también—. La idea de fumar con tus amigos es conversar, pero ellos, al parecer son incapaces de hacerlo con cierta lógica. 

—Que exigente eres para estar drogándote —ella río sin complicación. 

—Debes tener una mala percepción de mí —dijo—. Y la verdad, soy tan normal como tu amiga. 

—No es mi amiga —contesté a la defensiva.

—Y no será más que eso, si sigues con esa actitud.

—Qué sabes tú de ella y yo —la cuestione, no soportaba más esa mierda de conclusiones.

—Se que es una mujer al igual que yo y conozco a las mujeres—empezó, hizo una pausa, me miró a los ojos fijamente y retomó la palabra—. Además soy su amiga y la conozco. 

«¡Hijo de puta!».

Tenía Eva una amiga así, tan diferente, tan pequeña... Siempre me imaginé que las personas que rodeaban a Eva eran más artísticas;  más maduras; más adultas. Pero bueno, no sé por que no me lo esperaba, siempre ha sido así, siendo el despistado de siempre.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo III

Lo que un día pensé no me afectaría, hoy me tenía preso de la irritación. Es irónico que un día mi razonamiento me explicará que aquella mujer que era tan hermosa para mí, jamás se fijaría en un hombre como yo, me abandonara de pronto durante está estúpida noche. Ahora pensaba en las posibilidades que tuve, que pude tener en ese tiempo aquel donde no esperaba nada.

Y era esos pensamientos del pasado los que siempre me atormentaban. Facundo era ese hombre nostálgico e idiota que no dejaba de pensar en lo que pudo ser. Yo, ese estúpido Facundo siempre contemplaba lo que "pudo ser", lo que pudo ser con aquella mujer que se robo mi corazón hace años, que regresó, pero así como volvió, desapareció de nuevo, llevándose lo poco que una vez me quedaba: la dignidad. Y ahora, contemplaba el pasado, esa noche, donde pudo ser Eva, la mujer que podía sorprender en las noches...

—¿Te encuentras bien? —me preguntó la niña peliteñida de rojo. Me hizo caer en cuenta que seguía rodeado de un montón de desconocidos a los que parecía ya se le había terminado la marihuana.

—Estoy bien —respondí con hostilidad, e intentado levantarme para irme de allí. Ese no era mi lugar.

—Te ves afectado —continuó la joven pelirroja ignorando por completo mis intenciones de marcharme de aquel parque oscuro, frío y vacío. Sus presencias, en absoluto, llenaban mi soledad. Al menos en eso, Eva tenía razón: estaba solo.

La ignoré y me levanté.

—Si necesitas hablar, yo soy una persona que sabe escuchar —se ofreció la joven persistente.

Me tomé un minuto para contemplarla, para observarla, para preguntarme: por qué de repente tenía tanto interés en ayudarme.

—Facundo te llamas ¿no? —me interrumpió. Le asentí con la cabeza—. Esa mujer, que acaba de irse, ¿te gusta, verdad?

¿Qué si me gustaba Eva? ¿Tan evidente eran mis negras intenciones?, lo que me sorprendió era que el Facundo de hace años, no había ni siquiera considerado la idea de estar con Eva. Ese Facundo, era el realista. No el fantasioso soñador que pensaba que el mundo dictaminaba para él, una mujer mejor que su propia presencia.

—Tú no le gustas —sentenció la pelirroja después de un rato observándome cavilar.

Y aunque mi mente considerará la sentencia de aquella pelirroja desde el día que conocí a Eva, algo no estaba bien. Algo en mi pecho quería derrumbarse, la soledad se hacía más intensa, el calor en mi cuerpo se intensificaba, la ansiedad por mandar a la mierda a esa pelirroja y sus palabras aumentaban con los segundos.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté con los ojos clavados en el cielo, esperando un respuesta que me subiera el animo y calmara mi desesperación.

—Digamos que es un instinto femenino —me respondió con una sonrisa.

Bajé la mirada y fije mis ojos en los suyos, de color miel. Yo no reí. 

«Pero qué mierda» pensé... Cómo es posible que una completa desconocida hablara con tanta seguridad de la relación de alguien más. ¿Pero era el instinto femenino, una prueba concluyente para creer en sus palabras?. La esperanza de que estuviese equivocada, era la que cuestionaba su respuesta, aunque no se necesitara un instinto femenino para saberlo.

—¿Sabes qué pasa? —dijo la pelirroja teñida levantándose y acercándose a mí—. Perdona mi sinceridad —tanteó—. Pero hueles a desesperación.

Y claro, era está una noche como todas aquellas que las protagoniza una mujer, terminando yo: desconcertado, perplejo y fascinado.

—¿Cómo te llamas? —fue lo único que pude discrepar. 

martes, 6 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo II

Estábamos sentados en circulo. La joven peliteñida de rojo lideraba el grupo, al rededor de ella y tímidamente apartados de mí, estaba un joven con una cresta de esas que tienen significados culturales, pero que para ese joven, solo era moda. O eso podía deducir uno, con las pocas pendejadas que decía. Le seguían una joven de cabello castaño ondulado, con un escote que dejaba entre verle las enormes tetas, que de no ser por la hermosa mujer rubia de ojos claros al lado mío, no dejaría de ver disimuladamente; pero, mi atención aunque no fija en sus ojos, la tenía Eva que con esa amplía sonrisa, estaba sentada a mi lado.

Giré disimuladamente para verla de perfil. Su perfecta nariz, y sus ojos destellaban cada vez que alumbraba el porro de marihuana en la boca de los jóvenes que acompañábamos.

«¿Era posible ver a Eva sin sonreír, algún día habría tenido un motivo para llorar?» me dio curiosidad al ver su rostro siempre con una perfecta armonía entre su intensa mirada, y su tierna sonrisa. Nada en ella, era exagerado, o imperfecto, nada en ella, parecía estar en fuera de lugar.

—¿Estás bien? —me preguntó la joven peliteñida con los ojos clavados en mí—. ¿Pareces abrumado?
—No te preocupes por sus estados mentales. Usualmente siempre está imaginando más de lo normal —intervino Eva sin mirarme. ¿Acaso recordaba aquella primera vez?, tendría qué, para dar una respuesta como aquella. A la cual, como siempre, sólo ofrecí mi sonrisa.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntó de nuevo la chica peliteñida.
—22 —contesté.

La chica peliteñida no dejaba de mirarme cuando llegó el porro de marihuana a mis manos, y tener a Eva a mi lado era ya bastante intimidante, como para que ahora, tuviese que sumarle la intensa mirada de la joven pelirroja.

—¿No vas a fumar? —me preguntó la chica. Miré el cigarrillo natural consumiendo sus ramas envueltas en un papel de seda muy fino.

«¿Eva se drogaba?» pensé. La tenía a mi lado, y quería hacerle tantas preguntas. Pero... ni siquiera daba señales para conversar.

—¿Y bien? —me apresurarón los demás jóvenes drogados.
—Preferiría no hacerlo —contesté.
—¿Te molesta? —me preguntó la chica peliteñida decepcionada. Como si aquella respuesta pudiera perjudicarla.

Miré a Eva antes de contestar, ella me miraba con una amplía sonrisa. Acaso nunca iba a dejar de sonreír.

—La verdad no tengo nada en contra de la marihuana —empecé. Y era verdad, no tenía absolutamente nada en contra de ello, la verdad era que si fumaba me volvía "una cualquiera", era como si me emborrachara, me volvía más emocional, más impulsivo y más idiotamente filosófico—. Pero la verdad no me divierte.
—A él deben divertirle esas cosas aburridas —intervino la joven acompañante de la pelirroja. Sí, esa, la del escote grande.
—¿Que pueden ser esas cosas aburridas? —le pregunté ofendido.
—Fumar hierba, por ejemplo —respondió Eva y sonrío. Todos los demás la siguieron.
—Pero eso a ti es lo que más te divierte ¿verdad? —respondí sin pensar. Abochornado miré a otro lugar.
—La verdad es que no. A veces estás cosas, sirven para ampliar las perspectivas de las personas, de la vida, la misma razón por la cual tu también lo harías.
—¿Él lo hace? —preguntó la chica pelirroja entusiasmada y animada.

Fruncí el ceño ¿Y cómo diablos sabía ella si yo fumaba hierba o no?.

—Sí —contesté finalmente—. Pero no es algo que se pueda hacer con cualquier persona.

Eva me arrebató el porro de marihuana, se lo llevo a la boca por menos de tres segundos, absorbió y dejo salir rápidamente el humo. No era así, como la gente que usualmente fuma, lo haría.

—¿Tanto has cambiado que ahora, eres un hombre mesurado? —dijo cuando ya había devuelto el porro a los demás. Y por vez primera, la veía muy sería. Tanto, que no fui incapaz de meditar lo que iba a decir. Había algo tan arrogante en su voz, que no me permitía conservar la calma, que no podía simplemente dejar pasar sus reproches, que no tenían lugar, ni sentido.
—Si tienes que preguntar eso, nunca me conociste realmente —contesté—. De hecho, el tiempo no te alcanzo para hacerlo —¡Bravo Facundo! Lo hiciste de nuevo, dejaste de pensar por un minuto y de pronto, vuelves una mierda todo.

Los demás jóvenes fumaban y sin decir nada contemplaban la discusión. No dejaban de mirarnos, la discusión parecía entretenerlos. Bueno la verdad es que para un par de drogados, cualquier mierda puede entretenerlos.

—Hipócrita —susurró Eva y se levantó sin decir nada más. Se despidió de todos los demás, mientras yo fijaba colérico la mirada a otro lado.

Eva llegó hasta donde estaba yo sentado. Se agachó, me besó la mejilla y se despidió:

—Nos vemos uno de estos días que vuelvas a sentirte solo —completó con esa dulce y serena voz. Aunque, no fui capaz de decirle nada, sabía que sus palabras habían perdido un poco ese calor que la caracterizaba cuando la conocí la primera noche.

Eva se marchó dando pasos certeros y seguros. Su espalda recta, su cintura perfecta, y su ropa casual pero sensual desaparecían de mi vista, mientras yo tergiversaba e imaginaba —como decía ella—, cualquier cosa que pudiera significar su despedida. Estúpida y sincera Eva. Ni siquiera podía refutar su actitud. ¿Cómo podía saber tanto de mí sin tener que haberle dicho nada?...

«Es la mujer más inteligente que alguna vez hayas conocido», me dijo la consciencia.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Un hombre Incrédulo I

«¿Qué esperas?» Me preguntaba mi cabeza. Ese cociente que me había descubierto sentado en una silla de madera incomoda, mal lograda, y con algunas marcas de llaves que formaban palabras intangibles por el tiempo. Mi cociente sabía que prolongar las caladas del cigarrillo, nada tenían que ver con disfrutar su sabor mentolado. Estaba haciendo tiempo. Tiempo para que ella apareciera en el parque como la primera vez.

«Ya ha pasado un año» Me argumentaba el razonamiento. Sí, había pasado un año estúpido cerebro, le contesté. No tenías que recordarme que ni siquiera tuve la valentía de pedir su número; de mantener el contacto; de buscar su amistad...

Con mis dedos lancé la colilla del cigarrillo lejos de donde estaba. Resoplé lo que quedaba de humo en mis pulmones. El humo plateado se expandió por el lugar dejando una silueta que contemplé con la esperanza de que aquella mujer, apareciera en medio de él, con esa amplía sonrisa, con ese rubio cabello, con esa mirada penetrante. Con esa actitud que la caracterizaba.

El humo se desvaneció y nada pasaba. Así mismo, se desvaneció la idea de volver a verla. A lo mejor, incluso se había ido de viaje; se podría haber mudado. Qué caso tenía seguir esperando. Me levanté, hice un ademán dándole a mi imaginación tiempo para seguir construyendo la figura de esa mujer frente a mí, apareciendo en el último minuto, diciéndome  "Hola". Pero no, como en la vida real, y como sucede siempre en estas cosas: No sucedió nada, y no tuve más remedio que emprender el camino, cruzar el parque con un paso lento y melancólico recordando todo aquello que pudo ser, y no fue, porque si hay algo que me categoriza, es lo torpe que puedo llegar a ser con las palabras, mis actitudes e incluso algunos movimientos.

—Hola —escuché decir a mi espalda. Aunque no reconocí la voz, el corazón me dio un brinco. Haberme hecho el guevon había funcionado.

Me giré lentamente, con esa actitud que tomas cuando te quieres hacer el interesante. Esa actitud que le dicen a los demás "Oye no se quien seas, no me importa, pero por educación te prestaré atención". Aunque cuando giré y miré a la persona frente a mí a los ojos, mi cara decía otra cosa: "Hey mira lo evidente y entusiastas que soy".

—Siento haberlo asustado —me dijo esa joven frente a mí, que en la vida había visto, al notar mi acelerada respiración. Llevaba el cabello teñido de rojo, tenía unas facciones muy delicadas, bueno, sus cachetes no lo eran tanto, eran más bien, rellenitos. Aquella peliteñida joven se había separado de sus amigos que la esperaban expectante más atrás.
—No te preocupes —le dije decepcionado.

«¿Qué esperabas? ¿a Eva? Te recuerdo que esta es la vida real» me decía a mí mismo.

—Mis amigos y yo nos preguntábamos — vaciló un momento intentando buscar las palabras más adecuada para dirigirse a mí, o eso percibía yo en sus ojos—. Un baretico —puntualizó.

No me eché a reír por respeto. Pero mierda, después de esperar a que una mujer hermosa que desde que conocí había admirado, y había permanecido en mis pensamientos apareciera por obra y gracia del espíritu santo, terminará con una joven que aparentaba no más de 18 años frente a mí pidiéndome marihuana, había una gran diferencia. Era gracioso. No era así como esperaba que terminara mi noche.

—Lo lamento, hoy la mercancía me la he fumado toda —le respondí con sarcasmo. ¿Acaso me había visto cara de jíbaro?
—No creas que estoy pensando que la vendes o algo así —se excusó—. Es sólo que para estar media noche en un parque solo, es bastante sospechoso. Y además, no se ve que seas de esas personas con prejuicios por un pequeño porro.

Me reí. Era un buen punto. Más aún si se había fijado en mis jeans rotos (por la vejes y no por la moda) y la mochila tejida por indígenas.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—21 —contestó sin vacilar—. ¿Entonces no tienes? —me apresuró.
—Porque no esperas un poco —dijo otra voz detrás de mí, que me paralizo. Era tan dulce, como la última vez que la había escuchado. La recordaba. No quise voltear temiendo que fuera producto de mi imaginación—. Yo quizá tenga un poco.
—¿Enserio? —dijo la joven peliteñida muy entusiasmada. Se giró y le hizo unas señas a sus amigos con el dedo pulgar de las manos.
—¿Y tú qué, no pierdes la costumbre de ligar las mujeres que te piden algo que se fume? —dijo Eva parándose a mi lado, mientras mis ojos no dejaban de contemplar esa belleza que había olvidado como era. Ese cabello rubio que iluminaba el oscuro parque, y sus labios expresaron una sonrisa cuando sus claros ojos, se toparon con los míos. Me había arriesgado a mirar el producto de mi imaginación posando a mi lado. Y como de costumbre, tuve que recordarme respirar.

Y con ella a mi lado sonriendo, buscando entre su bolso algún porro, yo me cuestionaba .

«¿Estaba dormido? Debía estarlo... Estas cosas no suceden en la vida real».

Prologo: Un hombre incrédulo.

Me sentía bien conmigo mismo. Estaba satisfecho, o bueno, eso pensaba intentando dejar de contemplar esa idea de que el pasado retorna y con ello las personas. ¿Cuántas veces me había pasado ya? ¿Cuántas veces había permitido ilusionarme? Yo, ese hombre frío y sereno, siempre tan vulnerable. Siempre tan narcisista como para describirme.

«Bien hecho Facundo, tomaste de nuevo la decisión equivoca» me reprochaba mientras recordaba como había preferido intentarlo de nuevo con esa única mujer que me había enamorado, dejando de lado, la oportunidad de vivir experiencias nuevas, con aquella rubia, de ojos claros que un día se apareció en el parque con un cigarrillo en mano. Ese mismo parque. donde ahora yo estaba sentado. Sentado de nuevo, no esperaba al amor. Solo esperaba a... alguien.

«Eva» pensé de nuevo, sumiéndome en toda esa historia de unas cuantas noches. Cada escena mi mente la recobraba como los negativos de una fotografía que no ha sido velada.

Le dí otra calada al cigarrillo.

Eva, lo último que supe de ella; no fue más que su sonrisa desaparecer entre las calles que tenían de frente a mi casa, mientras yo sostenía la mano de quien fue mi novia. De quien en ese momento, elegí por encima de cualquier cosa. Segundo grave error: Elegir lo que ya das por hecho, como perdido.

Pero intentarlo de nuevo, no fue tan malo, el amor existía, se sentía, pero no es eso, lo único importante en la vida. Aprendí, además, de las discusiones con ella, que las relaciones que se fracturan como los huesos de la mano cuando caes y chocas con el pavimento directamente, es una sola: Sanará, pero jamás el hueso se unirá como cuando una vez lo tuviste completo. Entero. Así, a veces... funciona el corazón.

Y aunque en estos momentos, siga sentado en la banca contemplando la noche nublada, con un cigarrillo en la boca, esperando que quizá esa hermosa mujer que una vez me dijo que se llamaba Eva, apareciera de nuevo. Sé, que aunque lo hiciera: ¿Qué me aseguraría de que se repitiera la experiencia?. ¡Nada! Había ya pasado tanto tiempo...

Y es que es tan fácil entregarse al entusiasmo y tan difícil aceptar la realidad.