lunes, 25 de enero de 2016

El regreso de una Hermosa Mujer VII

Confesiones

Hacía frío, pero la Luna resplandecía amarilla, redonda, imponente, entre lo más alto del cielo. Y allí estaba yo, de pie en el parque donde tantas noches lloré cuando era chico, donde bese a la chica que amé tantos años, donde conocí a Eva y descubrí que siempre habría algo mejor en el futuro, la esperanza de volver a sentir el corazón palpitar deprisa. Donde conocí a su hermana, donde fume marihuana por primera vez. Y dónde esperaría, todo concluyera. Para bien o para mal, ella debía saber todo lo que he cargado por dentro tantos años.

Tenía los audífonos puestos y escuchaba Bajo El Agua de Manuel Medrano. Los sonidos de la guitarra mitigaban la ansiedad que tenía. Eso, y el hecho de caminar de un lado a otro como un tonto. Ya eran más de las ocho y Eva no aparecía. ¿Vendría? En el fondo de mi corazón esperaba que no lo hiciera. No quería que la fantasía que construía en mi cabeza terminará. Quería continuar pensando que fui algo especial para ella en el pasado, y que verme podría constituir cierta incertidumbre. Pero eso, tan sólo era algo que yo pensaba.

Fantasías.

Respiré profundo y deje salir el aire caliente de mi boca. Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí, pude verla venir. Caminaba tranquila y sin prisa por el camino desgastado del parque, llevaba un jean ajustado y una blusa negra que dejaba ver sus hombros. Su cintura destacaba en cada paso que daba. No sonreía y llevaba el cabello rubio suelto. El viendo lo movía y al andar golpeaba con sus hombros.
A la medida de que Eva se acercaba, mi corazón palpitaba cada vez más rápido. Descontrolado. Estaba nervioso. Por fin tendríamos esa charla que debimos tener hace tantos años. Quizá ahora no importaría, aunque deseaba intensamente que algo emocionante me sucediera junto a ella, lo hacía por la tranquilidad que me generaba alejar la frustración que un día me albergo cuando pensaba en las posibilidades que tuve de besarla todos los días.

—Hola —me saludo. Estaba sería y tenía la mirada helada. Y aunque sus ojos azules como el cielo eran maravillosos, la Eva que yo conocía, siempre tenía los ojos palpitando de alegría. ¿Qué le pasaba?

—Estas aquí —apunté. Me tembló la voz.

Ella sonrió.

—Cómo es que han pasado tantos años y aún te muestras tan tonto.

No había nada que se le pasará por alto. Maldita y sensual mujer.

—Ahora dime —continuó ella. La sonrisa de su rostro desapareció—. ¿Qué hago aquí Facundo?

Mis ojos albergaban desesperación, ansiedad, miedo y tristeza. Intentaba controlarlo, pero era incapaz de hacerlo. Ella de tanto, sólo esperaba que yo dijera algo.

¿Por dónde empezar carajo?

—¿Sólo vine a verte poner esa cara? —insistió. Miró alrededor y buscó donde sentarse—. Será mejor que me acomode mientras eres capaz de decir algo.

Sonreí y la seguí.

—Yo no te he olvidado —empecé—. Desde el día que te conocí hasta ahora… Eva, siempre te he mantenido viva, aunque no supiera nada de ti. Simplemente desapareciste y eso no es justo.  

Ella frunció el ceño.

—No éramos nada. Ni siquiera amigos.

—Mientes —tenía que abrirme totalmente, si deseaba que ella hiciera lo mismo—. Entre tú y yo hubo algo espacial.

—Sí lo hubo —confirmó ella sin dejar de mirarme a la cara—. Hasta que decidiste acostarte con mi hermana menor.

—Eso fue un error —me defendí—. Ella nunca me dijo que era tu hermana.

—Por favor —hizo cara de pocos amigos.

—Lo supe después de haberlo hecho —le conté—. Y me sentí como la peor mierda del mundo.

—No lo creo —no dejaba de mirarme a la cara. Esa mujer tan hermosa, y tan intimidante—. Eres de esos hombres, de los que albergan soledad y melancolía, de los que suplen el sexo por amor. De los idiotas que yo siempre esperaba no toparme.

Callé. ¿Qué podía decir? Era verdad…

—Mi hermana espero tu llamada por un mes…

—¿Qué podía hacer? —Dije con sinceridad—. Ella no era la mujer que yo quería en mi vida.

—¿Y acostumbras igual a tomar las cosas que no quieres como tuyas?

Agaché la mirada. Me sentía avergonzado y dolido… como un ladrón. No se encaminaba al final romántico que esperaba.

—Yo sé que sientes por mí —continuó ella—. Y mira, sigues haciendo lo mismo. ¿Era necesario acostarte con Alex?

La miré a los ojos.

—Tú también has hecho muchas cosas sólo porque puedes hacerlas —me defendí. Ella era de esas mujeres. No le temía al sexo, muchas veces tuvo sus encuentros. Defendida por la ley de la atracción y la naturaleza. Muchas veces sólo buscaba complacer sus instintos, y allí estaba, juzgándome.
El turno de callar era de ella.

Me quedé viéndola fijamente a los ojos azules como el cielo, como el mar, como el vacío. ¿Qué pasa contigo Eva?, pensé mientras instintivamente mis manos acariciaron sus mejillas. Escondí un mechón de cabello detrás de su oreja y sonreí.

—Hemos hecho mal muchas cosas Eva —dije.

—Tú aún no aprendes —dijo ella sin presentar alguna molestia por mi acercamiento.

—Es tan lindo verte…

Ella sonrió.

—¿Por eso te acostaste con Alex —volvió a reír con soberbia. No me sorprendía que se lo hubiese contado, al fin y al cabo son amigos—. Porque querías verme?

Tragué saliva. El haberme acostado con Alex, era sólo el deseo que debía completar de la otra noche. Era mi instinto autodestructivo hablando por mí.

—A veces creo que hago algunas cosas con el fin de sabotearme —confesé.

—Eso explica muchas cosas —dijo—. Pero sabes, ella es especial.

—Qué —cómo podía simplemente decir eso en este momento cuando se trataba de ella y yo.

—Mi hermana se fue al extranjero decepcionada de ti y no ha vuelto. Te odié… —continuó—. Y Alex fue quien me convenció de venir. Dijo que si te habías esforzado tanto en conseguir ese número era porque realmente tenías algo que decir —atisbe un poco de nostalgia y dolor en sus ojos—. Deje al lado mi resentimiento y mira, estoy aquí sentada esperando que digas algo sensato…

—Estoy sentando a tu lado, abriéndome como nunca lo he hecho —pensé un momento—. Contigo puedo ser siempre yo mismo. Ese tonto, torpe, romántico, y vulnerable ser humano que estás viendo ahora, soy yo. Hay cosas que no puedo arreglar, pero puedo pensar en como podría hacer las cosas mejor ahora.

—¿Y de qué me sirve todo eso facundo?

La calle con un beso. De pronto mi instinto solo empujó mi cara a la suya, y volví a saborear esos labios dulces, melocotón y marihuana. Estaban fríos. Eran como los recordaba. Mis manos la sujetaron de la cara y la besé con más pasión, con más fuerza. No quería detenerme. 

Ella era lo que yo quería en mi vida. Esa era la verdad.

Nuestros labios se separaron y su mirada era diferente. Había algo de luz, pero también remordimiento. Sé que había sentido lo mismo que yo. Estaba seguro que pude trasmitirle todas las emociones que albergaba por años en ese beso.

Ella me tomó de las manos y permanecimos callados hasta que sonrió.


—Han pasado muchos años y la vida no se detiene, sabes…. —empezó—. Ahora estoy enamorada de otro hombre —mi corazón explotó en mil pedazos. Un frío recorrió mis entrañas y la oscuridad carcomía el poco amor que me quedaba dentro—. Y tengo una hija con él… 

domingo, 24 de enero de 2016

El regreso de una Hermosa Mujer VI

El escape



Terminamos en su habitación, simple, pero cómoda. Sobre la cama desatendida, mis manos recorrieron el cuerpo desnudo de la chica. Su desnudes no era despampanante, pero tampoco eran esos cuerpos que no fuesen apetecidos. Me deleitaba recorriendo mi boca por toda su piel, sujetando con fuerza cada centímetro de sus caderas, mientras la luz que entraba por la ventana de la habitación, dejaban en evidencia las cicatrices, los lunares, la humedad y sus pezones. 

Tuvimos sexo con intensidad, podía notar en cada caricia, en cada beso, y en cada penetración, la ansiedad que esa mujer tenía por sentirse amada. Y yo, bueno, yo era un jodido arrecho. Qué más daba…

Al cabo de un rato, habíamos terminado. Estaba exhausto, y ella también. Incomoda no sabía qué hacer. De qué hablar, qué decirme, o cómo comportarse. Yo de tanto, sólo miraba el blanco techo, mientras en la sala de estar, seguía sonando música. Algo de la Maldita Nerea, no lo sé. 

El efecto de la marihuana ya había pasado. Fumamos un poco más, antes de que ella decidiera irse a dar una ducha. Me dejó solo en la cama. Y esa… esa era la señal. Mi oportunidad. Tomé su móvil del pantalón que había terminado en el suelo. Busqué el número de Eva, y lo trasferí a mi celular. Luego borré dicha evidencia. 

Me vestí, miré a la ducha donde el agua sonaba con fuerza. Me sentí mal, pero no era más que una chica de cabello negro. Luego la confrontaría, un mensaje, una llamada, alguna invitación. Excusas habrían siempre. Ahora, lo mejor era salir de allí. 

Caminé dejando atrás todo lo que había ocurrido. La cama, el cuarto, la casa, y a la chica. Me daba paso entre las calles, caminar me relajaba. Saqué los audífonos del bolsillo, los conecté al celular, y escuché música por un rato. Cuando estuve bastante lejos, decidí hacer una llamada. 

—Hola —contestó la voz de una mujer tan dulce, y a la vez segura. Sus simples palabras endulzaban mis odios. 

—Hola Eva —respondí. 

—¿Cómo has conseguido mi número? —preguntó enfadada. 

Reconocía mi voz. Eso debía significar algo. 

—Me lo dio tu amiga —confesé—. Digamos que me lo gane. 

Hubo un momento de silencio. Tal vez Eva estaría pensando que su amiga la había traicionado, o algo parecido. Sin embargo, ella era una persona absurdamente inteligente. Encontraría una buena teoría en su cabeza.

—¿Qué es lo que quieres Facundo? —dijo finalmente.

—¿Por qué no has colgado? —quise saber.

—Si lo hiciera, estarías llamando de nuevo hasta el cansancio. A veces resultas muy molesto —su voz sonaba tan irreal, tan cruda y sin alma, que me tembló el pecho. 

—¿Por qué me odias?

—¿En serio llamas a preguntar estupideces? —nunca había conocido ese temperamento tan severo en ella. Era tan diferente a la persona que conocí alguna vez. 

Me dolía.

—Oye —empecé, mientras seguía caminando por la calla sin que nada me importará—. ¿Qué diablos ocurre contigo? —empezaba a encabronarme su actitud. En mi mente, lo había imaginado todo tan diferente. 

—Estoy bastante ocupada ahora.

—Está bien —continué—. Te espero a las 8 de la noche en el viejo parque de la ciudad. ¿Lo recuerdas?

—Sí —contestó tajante. 

—Ese es quizá mi lugar favorito en el mundo. No llegues tarde —y colgué.

Caminé algunos metros más por la calle. Alex debió haberse percatado ya, de que me había ido. 
Suspiré. Le subí a la canción que estaba reproduciendo mi móvil. La Chispa Adecuada de Héroes del Silencio taponó mis oídos.

«Y ahora qué sigue Facu»… pensé mientras sentía el trajín del día en mi cuerpo. 

¿Sería posible que Eva se presentará a nuestro encuentro?, aún más importante… ¿Qué mierda iba a decirle cuando apareciera? 

sábado, 23 de enero de 2016

El regreso de una Hemrosa Mujer V

El descaro


Estaba en la banca de un viejo parque, cerca de la casa donde vivía hace un par de años. Miraba el cielo azul celeste, totalmente despejado. Pocas veces en la ciudad se veía tan increíble. Sentí la brisa del viento chocar con mi cabello, pegarme en la cara y recordarme lo esplendido que es estar vivo. 

Miré los viejos árboles, el parque no había cambiado mucho desde la última vez que había estado allí, tantos años atrás. Ese parque me había ofrecido muchas satisfacciones y oportunidades. Recordé el día que conocí a Eva, y me dieron ganas de fumar. Pero era un vicio que había dejado hace rato. 

Respiré profundo y controle la ansiedad.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —me preguntó la voz de la chica que estaba esperando.

—Hola Alex —negué con la cabeza. 

Ella se sentó a mi lado en la banca del parque. Miro las marcas que me habían quedado de la paliza, morados en el labio y el ojo izquierdo. Pero no me veía tan mal…o eso cría. 

—¿Por qué me has llamado? —preguntó.

—Tenía ganas de verte —mentí. 

Tenía un plan y después de un par de días, era mejor ejecutarlo antes de que fuese demasiado tarde. Aunque en el fondo de mi corazón, sabía que era una mala idea, y que en realidad la vida me estaba poniendo frente a mí, personas que probablemente valían la pena. Pero yo no era esa clase de persona que escuchaba a la vida, me había convertido en un hombre despiadado, corriente y caprichoso. 

Estuvimos una hora en el parque, hablando de pendejadas, tomamos unas cervezas, caminamos, nos sentamos en el pasto. Me di cuenta que vivía sola, que su color favorito era el amarillo, que amaba los perros, que su padre había muerto y que por esa razón, aunque ella no lo admitiera, siempre buscaba estar acompañada por un hombre. También supe de su ex pareja, un hombre miserable que la maltrataba psicológicamente. Pero eso sí, nunca mencionamos a Eva en nuestras conversaciones. Bueno, en fin. Alex, era una de esas mujeres atormentadas por la vida. Pero aquello, no me detenía, me importaba una mierda. Debía seguir adelante con mi plan. 

Mientras estábamos en silencio contemplando la naturaleza del parque solitario, ella sacó un porro de marihuana del bolso.

—¿Fumas? —pregunté anonadado.

Ella sonrió.

—¿Si no fumara traería esto conmigo?

Tan obvia como Eva, supuse que quizá por eso eran amigas. Debían entenderse tan bien, que probablemente eran de esas mujeres que se burlaban de la estupidez de los hombres.

Encendió el porro, le dio una calada y me convido. 

A pesar de haber dejado el cigarrillo y no haberme drogado por tantos años, acepte con verdadera emoción aquel cigarrillo natural, tan exquisito y aterrador. Fumé, una, dos, y tres veces… El humo que salía de mi boca, de su boca, me deleitaba. Me atrapaba en su telaraña mientras todo a mí alrededor se agudizaba. Mi boca, mis ojos, mi piel… Me quede viendo a Alex a los ojos miel, ella sólo reía. 

Tenía la marihuana ese efecto tonto en ella. 

—¿Qué pasa? —pero no le di respuesta. Simplemente la besé, allí sentados en el pasto. Mis labios sentían con intensidad los suyos. Eran gruesos pero tenían un sabor a vainilla mezclado con hierba. 

Ella abrió los ojos sorprendida después de que mi boca la hubiese dejado ir. 

—Creo que es mejor que me vaya —dijo.

—Puedo acompañarte —respondí sin dejarla de mirar fijamente. La intimidaba, y de eso me daba cuenta. Era algo que debía explotar. 

Ella avergonzada, no le quedó más remedio que aceptar.

El recorrido hasta su casa fue silencioso, el taxista nos miraba con disimulo por el retrovisor. En medio de mi traba, pensaba que él sabía que estábamos fumados, y conocía las negras intenciones por las cuales estaba yo acompañando a esa chica alta de cabello negro hasta su casa. Me ponía nervioso ese jodido taxista. 

Recordé por qué había dejado de fumar. Paranoia. 

El carro se detuvo. Respiré. Me tranquilice. Nos bajamos. Vivía en una casa de un solo nivel, a media hora de la casa de mis padres. Quizá a cuarenta minutos de mi apartamento. Técnicamente seguía siendo el sur de la ciudad. 

—¿Puedes regalarme un vaso con agua? —le dije. La excusa perfecta para permitir que el taxi se marchara y la pudiera acompañar hasta la puerta.

Ella asintió con la cabeza. Entramos a su casa, era lujosa. Tenía una sala con muebles que hacían una L, jarrones y estatuas. Más al fondo estaba el comedor, una mesa redonda de madera con sillas también de madera alrededor. Caminé con cautela, tenía curiosidad quería ver todo el lugar mientras ella iba por el vaso con agua a la cocina. 

—Aquí tienes —me tendió el vaso con agua.

Le di un sorbo, la miré y luego al equipo de sonido que estaba en la sala.

—¿Puedes poner algo de música? —le pregunté.

Ella sonrió. Al parecer, ya se había percatado que no estaba allí sólo por un vaso de agua. Sin embargo, Alex continuó y encendió el equipo de sonido. Puso la música que le gustaba. 

He pecado de Cabas empezó a sonar con el volumen muy alto. Deje el vaso con agua en la mesa de estar, cerca de los muebles. Me paré frente a ella y la besé de nuevo. Mordisqueé su labio inferior, mis manos la sujetaron por la cintura y la pegué a mi cuerpo. Estaba excitado. Nuestras lenguas se entrelazaron y mis manos empezaron a subir por su espalda. Volví a jugar con su boca y mientras tanto mis manos bajaban hasta sus nalgas. 

La recosté a una de las paredes de la sala, sólo éramos ella y yo en su casa. Me sujeto las manos con fuerza y apartó su rostro de mi cara.

—¿Por qué haces esto? —me preguntó.

Yo sonreí. 

—Si quieres saberlo, deberíamos ir a tu cuarto.

Alex se quedó un minuto mirándome, pensando quizá lo que debería hacer. ¿Qué era lo correcto?, pero tome sus manos y la pase por mi abdomen, por mi cintura, y la besé de nuevo. 

Yo no le daría tiempo para pensar. 

viernes, 22 de enero de 2016

El regreso de una Hermosa Mujer IV

Desconcierto


Me dolía todo. La cara, el cuerpo, la dignidad, todo… Tenía sangre seca en la nariz, los labios y el mentón. Antes de abrir los ojos acaricie mi cara con los dedos, tenía el pómulo del ojo izquierdo inflamado. 

«Que mierda» pensé mientras recordaba la idiotez que había hecho. Eva tenía razón, yo no había cambiado nada. Sólo pretendía ser quién no era. 

Abrí los ojos. Y la oscuridad no desaparecía, todo se veía nublado y borroso. Aún era de noche, la ausencia de vida era evidente. No sentía ni un alma cerca. ¿Cuánto tiempo había estado desmayado? Volví a cerrar los ojos para sentí cada fibra de mi cuerpo maltratado. Sentía el tronco de un árbol en mi espalda, y estaba sentado. Alguien me había ayudado. Me asegure en medio del dolor, la ceguera y la somnolencia que nadie me hubiese robado. Las llaves, la billetera y el celular seguían conmigo.

Con dificultad volví abrir los ojos. 

—¿Estás bien? —me preguntó asustada la chica de cabello negro, sentada de rodillas frente a mí. La imagen de su rostro y su cabello despeinado se hacían más nítidas.

Lo admito. No era la mujer que esperaba ver al abrir los ojos. En realidad no esperaba a nadie al abrir los ojos. Pero me sorprendió ver sus ojos miel frente a mí. Me observaban fijamente y con preocupación. Había decidido ayudar a un completo desconocido, y yo… yo sólo me preguntaba si Eva estaba con ella. 

La busque a los alrededores, pero no veía a nadie. Luego volví a fijar la mirada en ella, tan desconcertada y abrumada.

—Ella se fue —dijo con la voz muy baja. Como si aquello le doliera. 

Yo sonreí con las pocas ganas que tenía.

—¿Tú por qué sigues acá? 

—No iba a dejarte allí tirado, cuando te pedí venir con nosotras —hizo una pausa y se levantó del piso donde había estado junto a mí por un rato—. Además quien puede dejar a otra persona allí tirada desmayada. 

—Eva, por ejemplo —respondí con desdén. 

La chica de cabello negro no dijo nada. 

Volví a sonreír. 

—Gracias —le dije mientras intentaba ponerme de pie. La chica me tendió la mano y me ayudo a levantarme—. Perdón por hacer de tu noche un drama. 

Ella sonrió conmigo.

—Resulto ser emocionante después de todo —bromeó. 

La mire y claramente vi una oportunidad para volver a ver a Eva. Su amiga, quizá una de las más cercanas. ¿Pero, sería capaz de hacer yo algo así? ¿En esto me había convertido?

—¿Cómo te llamas? —le pregunté mientras revisaba que todo en mi cuerpo estuviese en orden. 

—Alex —respondió con un poco de alegría. 

Había roto la regla, no involucrarme, no saber su nombre, no interesarme en lo más mínimo por su existencia. Pero era lo menos que podía hacer, se había compadecido de mí, se había quedado para ayudarme. Bueno, al menos debía saber cómo se llamaba. ¡Ah, y claro!, era la amiga de Eva. Necesitaba saber cómo se llamaba… 

Sí, en eso me había convertido.

—¿Facundo verdad? —dijo.

Asentí con la cabeza. 

—¿Por qué te odia Eva? —me preguntó con curiosidad mientras caminábamos sin ningún rumbo. 
¿Qué pretendía acaso? 

—Es una pregunta que deberías hacerle a ella —miré al piso más que frustrado, abochornado. Alguna vez había pensado que entre ella y yo había algo más. Pero no era cierto, era mi invento. Sólo perdía el tiempo. Siempre lo había sabido en el fondo. 

¿En qué momento empecé a desagradarle tanto? 

—Lo siento —se disculpó Alex la chica de cabello negro, entendiendo mi lamentable expresión. 

—No te preocupes — quise aparentar tener todo bajo control y le sonreí, como si de verdad estuviese encantado de compartir esa corta caminata con ella—. ¿Te volveré a ver? —le dije, siguiendo esa pantomima. 

Alex sonrió, continuó caminando a mi lado, y antes de separarnos apuntó su teléfono celular en el mío. 

jueves, 21 de enero de 2016

El regreso de una Hermosa Mujer III

Miedos


La mano derecha de Eva golpeó mi mejilla con tanta fuerza, que podía sentir todos los años de resentimiento y frustración. Sus ojos azules destallaban un cielo vivo, me miraban fijamente. No titubeaban, ni antes, ni después de haberme abofeteado. De pronto, su amiga no importaba. No existía allí. No estaba. Sólo éramos ella y yo en medio de una calle del sur de la ciudad con los faroles de los carros pasar por nuestro lado. 

Estaba a punto de decirle todo lo que llevaba dentro, lo bueno, lo malo, lo emocionado que estaba de verla de nuevo cuando un vehículo me interrumpió pasando muy cerca de nosotros.

—Eso es mami. Dale más duro a ese idiota —gritó un hombre desde la ventanilla trasera del carro. 

«¡Idiota!» pensé.

Sonreí con soberbia. Y siguieron una secuencia de malas decisiones. No entendía muy bien porque actuaba de esa manera en ese momento, pero era un impulso, y hace muchos años esa era mi filosofía de vida. Convertir mis impulsos en hechos. Así había logrado sobrellevar la soledad y mantenerme un poco de motivación para encontrar esa persona que le diera la emoción que perdió mi vida.

Sí, no debí haberlo hecho.

Le arrebaté de las manos a la chica de cabello negro la botella de Ron y se la arrojé a los hombres del carro. La botella se quebró en mil pedazos en el bumper trasero. El carro frenó en seco. Tres hombres bien vestidos se bajaron. Uno de ellos tenía una camisa negra muy ajustada que dejaba verle los pectorales, el otro era un negro y bueno, no recuerdo si quiera como se veía el tercero. Dos de ellos ignoraron a las chicas y corrieron justo a donde estaba. Me atinaron varios puñetazos en la cara. Caí al suelo con sangre deslizándose por mis labios. 

«Demonios» susurre mientras intentaba incorporarme, pero otro golpe en el ojo izquierdo me tumbo de nuevo. No entendía lo que los hombres gritaban, algunos impropios. Tonterías. Mi mirada estaba fija en Eva detrás de ellos. Esa hermosa mujer sólo miraba la escena con indiferencia, su amiga de tanto, parecía un poco más escandalizada. Veía la inseguridad de socorrerme o no, en la forma en que se movía. 

Sentí otra patada en las costillas.

«Mierda». Qué estaba pasando conmigo. Me desconocía totalmente. En medio de la paliza tuve un momento de lucidez: Ella, era la emoción que siempre quise. 

—Eva… espera —susurré mientras sentía como todo el cuerpo me dolía. La vista se me nubló y de pronto todo desapareció a mí alrededor.

miércoles, 20 de enero de 2016

El regreso de una Hermosa Mujer II

Resentimientos


¿Qué clase de mierda era esta? 

Siempre había creído que la vida era una ironía en sí misma. Una burlesca ironía. Y ahora lo estaba comprobando. Se reía a carcajadas de mí, poniéndome entre el sexo casual y yo,  a una hermosa mujer. Pero no cualquier hermosa mujer, era quizá, la más hermosa que hubiese conocido a lo largo de mi vida. Y lo peor de todo, es que ese cabello rubio que llegaba hasta sus senos, la sonrisa simétrica, el azul de sus ojos, el aroma a frutos rojos de Victoria Secret y marihuana, aún estaban latentes en mis recuerdos. Lo admito, jamás la había superado. 

—¿Ustedes se conocen? —preguntó inquieta la chica de cabello negro, tras notar las miradas amenazantes que se cruzaban de su lado al mío. 

—Por desgracia —contestó Eva con una sonrisa—. Mejor vámonos a otra parte.

Me quede como un tonto anonadado viendo como la chica que pretendía se levantaba para ir tras su amiga. 

«Por desgracia» repetí en voz baja para mis adentros. Y bueno, qué más podría haber dicho; “que maravillosa sorpresa”, “estoy encantada de volverte a ver”. Tonterías. La última vez que supe algo de ella, fue en la cama mientras me acostaba con su hermana menor. Que no era ni la sombra de su belleza. 

Grave error. 

En mi defensa: lo supe demasiado tarde. 

—¿Está es mi recompensa por cuidarte mientras estabas sola? —casi que grite a la chica de cabello negro a la que no me interesaba conocer, mientras caminaba a la salida. No podía aceptar la derrota así, y mucho menos la humillación que sentía dentro. Eva, podría ser la mujer más hermosa del mundo, quizá, la única que me hacía temblar las piernas. Pero no pensaba ceder.

La chica se giró para mirarme con el rostro consternado. Lo había logrado, llamar su atención.

—Ven con nosotras —me invitó sonriendo. El licor siempre las vuelve más sociales y arriesgadas. Eso era algo que había descubierto con tantas noches.

Eva puso los ojos en blanco y continuó caminando sin su amiga.

Yo ahogué una sonrisa y me acerqué a la chica que desconocía. Se había convertido en algo personal, ya no lo hacía por el deseo sexual que me invadía cada noche de soledad, sino, porque era la única forma de estar cerca de Eva nuevamente. Sí, lo sé. Ella era la emoción que estaba buscando hace muchos años. 

—¿Cómo se conocen? —preguntó la chica mientras recorríamos las calles iluminadas por los faros de los vehículos que pasaban. El sur de la ciudad era muy concurrido debido a los bares y discotecas lujosas que allí se apilaban. 

—Es una linda historia sabes —dije en voz alta para que Eva quien iba más adelante probablemente enfadada, escuchara. 

—Sí, bastante linda —respondió con sarcasmo. 

—¿En serio? —preguntó incrédula la chica. Definitivamente era bastante tonta. Está vez, no pude disimular reírme. 

Eva se detuvo y se giró para encararnos. Tenía las cejas fruncidas y los labios rígidos. Sus ojos claros destellaban, nunca la había visto tan molesta. Pero encantadora. Tenía las mejillas rojas y las orejas también. Su perfección se podía apreciar en diferentes perspectivas. 

—¿Por qué no te vas? —sugirió. Su voz, aunque con fuerza, seguía teniendo ese tono encantador que derretiría cualquier actitud frívola que pretendía. 

—Han pasado cinco años desde que te vi la última vez. Creo que podemos hablar un rato —empecé—. Además quiero estar con… —mierda, no sabía cómo se llamaba. Y no sólo me estaba dejando en evidencia, sino, que arruinaría mi oportunidad para seguir allí.

«Maldita sea».

—Lo vez —Eva intervino, siempre oportuna, lista e inteligente para hacer evidente lo invisible—, ni siquiera le importa tu nombre.

La chica de cabello negro me miró con las cejas arqueadas. Ella se veía como un mamarracho al lado de Eva.

—Ha sido el Ron, lo juro —me defendí.

—No —la chica de cabello negro parecía decepcionada—. Ni siquiera me lo has preguntado. 
Eva se echó a reír, su amiga no era tan tonta después de todo.

—Facundo, no dejas de ser el mismo idiota de siempre —apuntó.

Fruncí los labios y deseé de corazón no haber dicho lo que la rabia arrojó de mi interior. 

—Sabes, es curioso... eso mismo me lo dijo alguna vez tu hermana en la cama.

martes, 19 de enero de 2016

El regreso de una hermosa mujer I

Whisky


Allí estaba yo. Sentado en la barra del bar con un vaso de whisky en la mano. Mirando fijamente a una chica de cabello negro y ojos oscuros, tenía el vestido fruncido al cuerpo sudado por la aglomeración de personas en el bar. Sí, la verdad era que esperaba terminar la noche en medio de sus piernas. No se veía muy lista, tenía una botella de ron entre las manos y parecía esperar a que alguien la abordara. ¿Qué más haría una mujer en un bar de música Americana bebiendo sola? 

Al cabo de un rato me miró y se percató de que la estaba viendo. Le sonreí sin dejar de observarla. Quería que sintiera que había una conexión inexistente entre los dos. No le diría mi nombre, no sabría nada de mí. Sexo, licor y un sutil adiós. Ese era el plan. 

Le di un trago al vaso de whisky y medité por un momento. ¿Habían pasado ya tantos años desde la última vez que me enamoré? ¿Habían pasado ya tantos años desde que era un mocoso con inseguridades?... Allí estaba yo. En un bar de alta alcurnia esperando que algo emocionante me sucediera. Esa era la verdad. Mi verdad. Quería que algo emocionante me sucediera desde hace años. Mi trabajo era una porquería, no toleraba a mis compañeros. No era nada de lo que había soñado, de lo que me había imaginado cinco años atrás. Lo que quería para mí. Filosofía, café, y amor. En cambio, tenía soledad, alcohol, y sexo casual. ¡Já!, muchos desearían esa vida. Bueno, ese no era yo, yo no la deseaba, pero aun así, no tenía nada más que perder. 

No tenía ni la más puta idea de quién era ahora. 

«Sigues pensando estupideces» concluí y me bogué lo que quedaba del whisky. Me levanté de la silla y caminé con seguridad donde se encontraba la chica de cabello negro. Bajó la mirada cuando se enteró de mi intención por acercarme. Era una chica tonta después de todo. 

—Hola —la saludé, ella alzó la vista para mirarme—. Se me acabo el whisky y me preguntaba si podrías brindarme un poco de Ron. 

Ella asintió con la cabeza y sirvió en una copa. 

—¿Vienes sola? —le pregunté mientras me bogaba el trago.

—No, quede de encontrarme con una amiga aquí. Pero está tardando demasiado —no apreciaba bien su voz, la música estaba muy alta. Pero algo era seguro, la voz de Freddie Mercury era más sensual que la suya.

Luego, me fije en su rostro, no mentía. Chica tonta después de todo. 

—Quizá te pueda acompañar en tan tediosa espera. 

Ella sonrió.

Me senté a su lado. Le pregunté bobadas que no me interesaban. Ella reía y cada vez se veía más abierta a la hora de contestar. Sin embargo, nunca le pregunté cómo se llamaba, eso implicaba que deseaba saber quien era. Y la verdad, me importaba una mierda. 

 —¿Y tú quién eres? —me preguntó y sonreí. 

¿Por qué era tan duro para algunas chicas aceptar las casualidades, follar y despedirse? Es cuestión de hormonas. Pero no, creen que el amor puede estar allí. Bueno, en realidad no sólo ellas. Creer que el amor puede estar en cualquier lugar, sin importar que fuese un tonto bar, y ebrios, era de verdad una tontería. 

—Alguien que puede decirte quien eres —ella se impresionó. Yo hice un ademan con las manos, exhibiendo la soberbia y la petulancia que había adquirido en los últimos años. La observé de arriba abajo—. Estas muy elegante para hacer planes en un bar como este. Muy bien maquillada y tienes el cabello arreglado. Vienes de otra parte, quizá por la botella, y la decepción en tus ojos, probablemente el chico con el que salías te plantó —hice un gestó con los ojos—. Es muy triste, lo lamento.

—No estaba saliendo con él —respondió sorprendida—. Era la primera cita —corrigió.
Me contuve de reír.

—No te preocupes. Ahora estás en una cita conmigo —dije.

Me levanté y me acerque a ella. Acaricié su mejilla y le sonreí. Vi como adquirían un color rosado su rostro. Estaba intimidada, y esa era la señal final. 

—¿Quieres ir a mi casa? —hace un año vivía solo. Y aunque no era un apartamento de lujo, tenía todo para sobrevivir de la soledad allí. Y si le sumabas mujeres al azar, entonces no todo era tan malo.

—No creo que quiera ir a tu casa —dijo una voz muy cerca de nosotros.

—¡Eva! —la saludó emocionada la que pretendía fuese mi compañera nocturna—. ¡Qué bueno verte!.

Me quedé atónito. 

¿Era posible que la mujer más hermosa que había conocido nunca hubiese aparecido de repente? 

lunes, 11 de enero de 2016

Destinado a no ser...


Creo que todos hemos tenido amores, gustos y atracciones no correspondidas. Es un suceso diario, un pan de cada día. No existe la primera persona que tenga un cien por ciento de eficiencia emocional. Y es un asco no poder tenerla ¿no?... Creo que a todos nos ha pasado que nos gusta tanto alguien que incluso creamos estrategias para conquistarla, jugamos a enamorarnos, Pero no es más que eso.

Y no siempre es la indiferencia lo que el otro trasmite, a veces no eres más que invisible, y por supuesto la carencia de conexión. Porque no nos digamos mentiras, si te están siendo indiferente es que probablemente tienes algo que desagrada mucho y cuando digo mucho, es que deberías considerar hacer ciertos cambios. En cambio, cuando eres invisible, es porque en la mente del otro, no serás más que un amigo. Eres chevere, sincero, divertido, pero créeme, no excitas ni a una piña. Luego, esta la falta de conexión. Pueden gustarse, atraerse, pero ni tus pensamientos se complementan y pueden llegar incluso a discernir en todo lo que es el otro. Una estupidez. Sin embargo, pueden terminar un día en la cama, y al día siguiente, usar Tinder para encontrar otras personas. 

Sin embargo, no hablamos de eso. Estamos hablando cuando en realidad la vida misma te da señales de que eso no puede suceder y sin embargo las ignoras, intentas con todas tus fuerzas hacer que funcione. Ser optimista, te ilusionas, creas fantasías, y lo intentas. Pero como es bien sabido, no estamos en un cuento de Disney, y la vaina no resulta, lo arruinas por completo. Acabas decepcionado. ¿Por qué? Quizá, sólo es una cuestión de elección. Sí, elegimos mal en quien fijarnos. A mi en realidad, me ha pasado, suelo fijarme en mujeres absurdamente inteligentes que saben de ante mano, que no soy su un futuro prometedor. O en su lugar, mujeres que están completamente locas. Y las señales estaban allí, por ejemplo cuando su libro favorito es de Walter Riso. Pero hablamos de una generalidad, no de mí. La verdad es que, esta destinado a no ser, cuando te fijas en esa persona que tiene un pasado inconcluso, un ex novio insuperable, una persona en la que ha dejado su corazón y no tiene nada más para ofrecerte a ti, que podrías ser un gran partido o en su defecto, ya esta en una relación que normalmente es complicada, y ves en su pareja, un antagonista. Un cretino que no la valora, o si eres chica, una estúpida perra, creída, y bruta (exageramos siempre los defectos de nuestro rival). Probablemente seriamos mejores parejas, la que esa persona no olvidaría, sólo por una razón: es lo que más deseamos en ese momento. Tanto, que nos lleva a intentar ser su mejor experiencia. Y eso, es un mérito, algo que debe aplaudirse. 

Al final, esas amores, atracciones y emociones no correspondidas, son sucesos que necesitamos experimentar para darnos cuenta, de quién carajos somos y lo que en realidad queremos para nosotros mismos. Cliché, sí. Pero no por ello, mentira.