martes, 31 de enero de 2012

Confesión


Desaparezco si no estás.
Sólo el deseo de tenerte me hace mal.
La soledad me exaspera,
Y el silencio me corrompe

Pasan las horas...
Quiero tenerte junto a mí,
Escuchar tus dulces e incesantes latidos,
Pegarte a mi pecho
Y con un leve susurro,
Decirte lo mucho que te quiero.

domingo, 29 de enero de 2012

¡La vejez 2!


Tuve una linda experiencia con ancianos hace poco, me di cuenta, más que por la observación de un montón de personas viviendo de la miseria y la decadencia; más que por un montón de señores postrados en una cama quejándose de los dolores en el hueso o del cáncer, fue por una frase que colgaba en una de las paredes del ancianato, sucia y rota, porque no todos tienen la misma fortuna, lucidez y familia:

“Lo peor de la vejez, no es la decadencia física, si no, la indiferencia de la gente”.

Y qué razón tenía entonces la frase cuando observas a esas personas que han vivido más que nosotros, que por el tiempo y la fuerte realidad han perdido la razón, si no, a personas que podrían sentarse contigo, a narrarte el verdadero significado de la vida rodeados de tanta soledad.

Pensamos constantemente que somos inmortales, o qué quizás nunca vamos a envejecer. Hacemos a un lado, y faltamos al respeto a esos señores, que bien podrían con una frase desmoronar tu fantasía de la vida, con una frase, montarte en una nube de esperanza, con una frase, prevenirte de esos constantes errores en el que siempre estamos.

Y es qué no lo entiendo, acaso usted, joven que está ahora bebiendo, fumando, y bailando, ¿no va envejecer?, y es qué no estoy juzgando sus acciones que bien, debe aprovechar. Si no, la indiferencia que tiene usted para con esa gente adulta pensando que eres el centro del universo.

Las sonrisas más sinceras, son de aquellos ancianos —que con sentarse a su lado a escucharlos—, expresan sin tapujos y con gratitud. Es aún más linda esa sonrisa, que la de tu novia cuando recién la estuviste conquistando. Es mucho más simple, que intentar convencer a tu amigo, de que compre esos zapatos que vio en Unicentro. Y es mucho más gratificante, porque cuando ellos aprendieron como es que realmente se vive, es cuando entonces, la vida les dijo, que su cuerpo ya no podría soportar más el tiempo y les marco el rostro, con esas líneas de expresión perpetuas.

Y es que con el tiempo, la evolución y las nuevas generaciones, uno empieza apreciar esas ironías de la vida, por ejemplo, en décadas pasadas la vejez era respetada porque con esas arrugas, y gestos transparentes estaba la sabiduría. Ahora, la sabiduría, la cree tener todo el mundo, solo por acceder a la wikipedia o a google. Y es qué nunca aprendemos a vivir, si no, hasta que ya hay que morirse. Aunque, como todo, en la vejez tampoco es que falte el viejo verde, gruñón, cascarrabias, y estúpido que entonces hace que tú no desees volver a respetar a esos ancianos…

viernes, 27 de enero de 2012

Top 20 #PalabrasQueAsustan

  1. @jkaririk el baño esta ocupado... *apriete fuerte*

  2. @IsraelSegall Por su edad tenemos que hacerle el examen a la próstata...

  3. @Spa_Reirse Buenas taldes señores pasajeros venimos a pediles una colaboración #AquiFue

  4. @ericcvidal agente guideon fbi, ¡abran la puerta!

  5. @bubulufantastic mi amor, dejaste abierta tu cuenta de FB en mi lap........

  6. @Danelowgs Amor, llevo 8 meses sin que me baje, no te había dicho pk quería estar segura..... si es tuyo!

  7. @Spa_Reirse amor... Prestame tu teléfono para ver algo...

  8. @el_viejopaulino Justin Bieber feat Pitbull...

  9. @UnaPizcaDeTodo Tenemos que hablar.

  10. @UnaPizcaDeTodo Sin conexión a Internet.

  11. @Girl_Reef y el condón? Ctm se quedó dentro!

  12. @karirik no naci siendo mujer....

  13. @bumen440 Arriba las manos y abajo los calzones!

  14. @Noelamadre Chamo tu te estas cogiendo a mi hermana?

  15. @DeboConfesarQue Hijo, ya tengo mi cuenta de twitter.

  16. @Love_loreey Hija voy a preguntar a tu escuela como vas ... no hay ningún problema verdad ??

  17. @Will_Tweet Mis padres quieren conocerte

  18. @reniman vente adentro papi, luego le digo que el hijo es de él...

  19. @Lenfert La negra candela en pelota

  20. @mauricio_112 subirá el precio de los cigarros

domingo, 22 de enero de 2012

Reggaeton esto es un llamado de atención

Durante siglos la mujer a luchado por sus derechos, por darse mas que un lugar por hacer historia, pero hoy en día la evolución es todo un retroceso con las letras de un género que más que música y cultura lo único que logra es denigrar la integridad de la mujer; más que una protesta es un llamado a la conciencia... El derecho a la libre expresión no puede omitir el derecho a la integridad.

sábado, 21 de enero de 2012

Top 20: #FrasesQueArruinanUnaPrimeraCita

  1. @huevot0t0te: ¿crees que deba comprar condones o no llegaremos a eso?

  2. @mose24 Te pareces a mi ex

  3. @reniman no mames qué buena estás... son naturales vea?

  4. @WebonPeroWebon "traes un móco en tu naríz… y está grande"

  5. @xaviconde ¿Quedamos mañana para ir a misa?

  6. @UnLoserEnBsAs Tenés una gemela? Porque sino ya cogimos antes.

  7. @cariosini el que esta en la mesa de atras es mi papa

  8. @comoestaelmund0 Perdona un momento, que voy a Twittear que esta noche follo

  9. @SuperFalete Siento que se me haya caído el peluquín en tu plato de sopa.

  10. @AlejoGui ¿Me llamas? Es que no tengo crédito.

  11. @AlgoDirecto ¿Y cual es tu música preferida? A mi me gusta la de justin bieber.

  12. @SaraSarais cuantos fallowers tienes tu?

  13. @Vagancia_S Mira antes de q' te vallas Cuadrame 5 lucas pal pasaje que yo vivo en la mierda

  14. @PalominoEspuela la verdad no eres tan fea como me dijo mi primo.

  15. @LuisE_Marsiglia Préstame dinero para comprar condones.

  16. @cristiandj ¿Shakespeare? me suena, pero creo que esa canción no la he escuchado.

  17. @elbuenaldo mañana hay una convención de anime y voy a ir de cosplayer de pokemon, me ¿acompañas?

  18. @Uschimusic "Mi pelicula preferida? American Pie...y mi libro preferido? mmm no...no me gusta leer"

  19. @alejandraGuty Puedo llevar a mi Hermanita??

  20. @elbuenaldo mi granja es nivel 99 en farmville

                                      viernes, 20 de enero de 2012

                                      La breve historia de una iracunda mujer

                                      Odiaba como miraba a mi marido, como le ponía sus sucias manos de victima sobre el hombro, como era capaz de mirarle a los ojos; odiaba más aún que no me respetara, que no me tuviese miedo. Yo, la mujer de los sueños de aquel hombre que ahora ella contemplaba. ¡Idiota mujer, que ha de aparecer como un pichón de golondrina, malgastada y herida!

                                      ¡Julia! Grité a esa sucia mujer . ¿No tienes que atender la ropa sucia? –la mujer me miró con obediencia y se fue directo a la cesta de ropa sucia. Mi marido, sin embargo, me miró con aires de decepción. ¡No estaba celosa!

                                      Julia, así se llamaba esa perturbadora de hogares. La habíamos recogido en ese pueblucho de Dinamarca, su familia había sido asesinada por una rata. Literalmente, creo que le llaman, la peste negra. Sus harapos rotos y su cara sucia, me había conmovido en ese entonces. ¡Que estúpida y blanda fui, pero ya vera! Desde entonces, ha compartido con mi marido y conmigo, como si se tratara de una más de la familia. Se había dedicado a cuidar de la casa, en promesa de compensación por haberle salvado la vida. ¡Idiota mujer, si se salvo era porque no se había contagiado!

                                      Ya estaba cansada de ella, y de sus acercamientos profundos con ese hombre que me idealizaba. No podía simplemente tener ojos para nadie más, pero no era su culpa, era un hombre más. La culpa era de esa mujer, de la que prontamente me iba a deshacer… Tome una hoja de papel, tinta y una pluma metálica. Le escribí una nota:

                                      «Necesito hablar contigo. Debajo del puente de Thor, frente al rio sansemar, solo dime la hora. Confírmalo en otra nota, y cuidadosamente ponla en la planta marchita que hay a un lado del reloj del primer nivel.

                                      »PD: Quema la nota en cuanto termines de leerla, no queremos problemas con Ralph».

                                      Espere pacientemente su respuesta, que a pocas horas, ya estaba allí, en esa planta marchita que daba pena, nadie la veía, nadie miraba el reloj, por eso mismo, nadie atendió sus necesidades.

                                      «Está bien. No sé para que tanto misterio a las ocho estará bien»

                                      Robé el revolver que tenía mi marido en uno de los cajones del dormitorio. Por prevención lo guardaba allí. Fui hasta donde Javier, nuestro jardinero. Nuestro apuesto Jardinero. Uno de esos Jardineros que haría lo que fuese por una princesa como yo.

                                      Pásate a eso de las ocho y quince, y recoge lo que acordamos le dije empleando mi voz más seductora.

                                      Estaré puntual contestó.

                                      Ya eran casi las ocho, faltaban diez. Caminé hasta el puente, contemplé el mar. Bajé las escaleras y esperé pacientemente a que Julia escuchará. Tendría que escucharme, a qué sí. Tendría que hacerlo.

                                      Qué es lo que pasa mi señora interrumpió ella cuando llego. Siempre con esa estúpida voz de mosquita muerta. No entiendo para que esto…

                                      ¿Quemaste la carta?

                                      Sí, lo hice mi señora.

                                      Deja de llamarme así estúpida. Crees que no me he dado cuenta, crees que no veo en tus ojos como deseas a mi marido intentó interrumpirme para defenderse, pero la callé. Hoy no ibas a decir nada. ¿Lo deseas tanto?, fue un error haber adoptado una idiota como tú. Una de esas putas que se la pasan saltando de cama en cama. ¡A qué sí!, a que te has follado al jardinero también ¡puta!.

                                      No tengo por qué escuchar esto gritó, se tapó los oídos y corrió era el momento.

                                      ¡Detente! le grité.

                                      Enseguida saque el revolver y le apunte. No, no ibas a quedar siempre como la victima estúpida criada. No hoy, hoy, la atención iba a ser solo para mí. Era solo cuestión de tiempo, y esperar a que Javier el jardinero apareciera, tomara el revolver, y se decidiera de él. Ya le había pagado, con mi propio cuerpo claro.

                                      Estire mis manos, y cambié la posición del revolver, ahora, la punta me apuntaba a mi, y mi dedo gordo, se ajustaba al gatillo.

                                      ¡¿Qué va hacer?! gritó Julia.

                                      Asegurarme de que desaparezcas. Ya me doy cuenta, que vivir no vale la pena, pero que mejor forma de hacerlo, si te llevo conmigo a la miseria jalé del gatillo y un arduo dolor penetro mi pecho. Miré abajo y contemple mi fina sangre manchando mi fino vestido. Era hermoso. ¿Estaba loca?, no. Era hermoso.

                                      Caí al suelo, mi vista se nublaba y el dolor era soportable, tanto como ver el rostro de pánico de aquella idiota. Corrió como los cobardes. Eso era aquella mujer, una cobarde, huyo de la enfermedad y hoy, huye del crimen que cometió. Hacer infeliz a una hermosa mujer.

                                      Llegó Javier, ya deliraba, no escuchaba nada. Lo veía mover la boca, desconsolado. Él pensó que todo se trataba de un error. Y con el último aliento que mi corazón deteniéndose permitió, le dije lo que tenía que hacer.

                                      Toma el arma… llévatela, y ponla entré su ropa… Ella, tendrá que pagar el crimen de hacerme infeliz.

                                      martes, 17 de enero de 2012

                                      Entrevistando a un soñador

                                      Un joven con el cabello hasta los hombros y ondulado; con la sombra de una barba mal rasurada, atravesó el pasillo, me hizo un gesto con la cara y se sentó frente a mí. Era el reportero que la revista “Una vida Tonta” había enviado para hacerme la anhelada entrevista.

                                      LVT: Nos comentaron que usted es el hombre más soñador del país, y allí está la clave del éxito.

                                      Soñador (Yo): ¿Quién ha sido la persona que me acreditan tan hermosas palabras?

                                      LVT: Una mujer, por supuesto.

                                      Soñador (Yo): ¡Claro! Debió ser una de esas mujeres de mi pasado.

                                      LVT: ¿Cree que la falta de fortuna en sus relaciones sentimentales se debe a que es un soñador?

                                      Soñador (Yo): Pero por supuesto. A las mujeres no les gusta que abandones esté plano real, y que cuando regreses solo puedas ofrecerle una chocolatina. Los soñadores no ofrecemos comodidades.

                                      LVT: ¿Con qué ha estado soñando los últimos días?

                                      Soñador (Yo): Con el amor capaz de regalarme sonrisas repentinas, y con el éxito. Se vuelven tan reales y tangibles cada vez que cierro los ojos…

                                      LVT: ¿Soñar hace parte del éxito para escribir sus libros?

                                      Soñador (Yo): Yo diría que la gente que sueña como yo es quien los compra y por tanto los convierte en un éxito. Mis sueños no valdrían de nada plasmados en el papel, si no identificaran a nadie.

                                      LVT: ¿Dice que las personas que compran sus libros, es gente que vive soñando?

                                      Soñador (Yo): No he dicho eso. Pero estoy seguro de que sí. De igual forma todo el mundo aunque no sueñe, jamás contemplan la realidad. Y eso, es como estar siempre soñando.

                                      LVT: ¿No contemplamos la realidad?

                                      Soñador (Yo): Las personas huyen de la realidad de muchas formas: Soñando despiertas, durmiendo, imaginando, escribiendo, leyendo, escuchado radio o viendo televisión. Siempre tienen la mente ocupada en fantasías o imaginarios, en el pasado o en el futuro, construyendo una vida perfecta y viviendo casi siempre un error.

                                      LVT: ¿Cuándo contempla usted la realidad entonces?

                                      Soñador (Yo): Cuando la mujer que amo está desnuda frente a mis ojos...

                                      LVT: ¿Se considera el hombre más soñador del mundo?

                                      Soñador (Yo): Mentiría diciendo que sí; y soñaría imaginándome que no es así.

                                      LVT: No parece que siempre estuviera soñando…

                                      Soñador (Yo): Eso es simple. Es que yo hice de mi vida un sueño; y ahora me la paso soñando despierto.

                                      LVT: ¿Cómo ha sido la mujer que siempre ha soñado?

                                      Soñador (Yo): Como esa que ahora está en el pasado. Y si va empezar a preguntarme como son todas las cosas que sueño, le diría entonces, que todo lo que he vivido lo he soñado alguna vez. No olvide que los sueños también hacen parte de la realidad.

                                      El joven desapareció de nuevo rumbo a la puerta principal, y yo creería que se fue consternado y soñando que quizá esa entrevista le daría un ascenso en esa tonta revista, que al final, no había enviado ninguna interesante pregunta.

                                      viernes, 13 de enero de 2012

                                      La superación

                                      Me encontraba en un estado de obnubilación, no respondía a ningún estimulo exterior. Fue difícil volver en sí, me negaba a hacer las cosas que me gustaban, porque simplemente pensé que nada podía hacerme sonreír. Me devolví al pasado y me lamentaba por mi presente, pero es obvio… ¿cómo no iba a lamentarme? Si no estaba haciendo nada o actuaba por inercia. Poco a poco vuelvo a la realidad y la disfruto.


                                      miércoles, 11 de enero de 2012

                                      Dialogo: Erase una vez el amor, pero tuve que matarlo.


                                      P.M.: (el chico) ¿Estuvo enamorado alguna vez?
                                      Yo: Sí, de un popó menguante. Pensar que casi me pudro cuando se fue me hace sentir que soy un popó creciente.
                                      Efrain Medina

                                      martes, 10 de enero de 2012

                                      Una hermosa mujer VII: Finalmente.

                                      Lleve mis labios cuidadosamente hasta los suyos, no porque yo fuese un hombre delicado y paciente. No, era porque estaba jodidamente asustado y no me daba para más. Cuando sentí sus labios corresponder los míos, allí de píe frente al estéreo mientras sonaba Soñé de Zoé, sentí la magia. Ese beso, era diferente al que nos dimos en un principio, su boca se paseaba por la mía sin tabús y sin prejuicios, mis manos acariciaban su espalda y se enredaban en su rubio cabello. Yo tenía los ojos cerrados, pero me la imaginaba y más intensó me volvía para besarla.

                                      Sus manos empujaron mi cabeza a sus labios para besarla con más propiedad, su cuerpo se dejó caer lentamente a la cama, que como consecuencia tumbo la copa de vidrio que había dejado encima antes de levantarme. El sonido nos despertó de nuestro absorto beso. Ella me miró con culpabilidad, sus ojos me cegaron y olvidé por qué nos habíamos detenido. Me sonrió y la seguí besando.

                                      El estéreo continúo con la música, levanté mi cabeza y la contemplé acostada en mi cama con mi cuerpo sobre ella. No cruzábamos palabra alguna, nuestros ojos hablaban por si solos, los de ella, me contaban secretos, y los míos admiraban su belleza. Dejé de presionarla con mi cuerpo, y me puse de píe, fui hasta la puerta de madera y la cerré. Eché el seguro. Ella, me observó curiosa y divertida.

                                      —¿Por qué cierras? —me preguntó sonriendo. Su boca era un dibujo de la luna menguante. Yo le devolví la sonrisa. Era de esas mujeres que le encantaba escucharte decir las cosas, aunque ya las supiera. Y yo, ya empezaba a entender como funcionaba.
                                      —Creerías si te digo que cerrar una puerta y limitar el espacio, genera más espacio —dije—. Es física.
                                      —Pero una física absurda y romántica —complementó y se sentó en la cama.
                                      —Es lo que es y nada más —dije sonriendo.
                                      —Que profundo...

                                      Me senté a su lado. Y acaricié su mejilla suavemente. Sí, su piel era sedosa, fría y suave.

                                      —Eres otra persona —dijo Eva mirándome a los ojos con seriedad.
                                      —¿Eso es bueno? —le pregunté sin dejar de acariciarle la mejilla. Era tan hermosa que aunque no quería sobrepasarme en esos tenues detalles de un idiota enamorado, aunque no lo estaba, desearía ni siquiera parecerlo. Pero con ella, era imposible no ser sutil.
                                      —No es que sea bueno. Es que tienes la capacidad para sorprenderme. Y eso, eso si que es bueno —concluyó y acercó a sus labios a los míos para continuar donde habíamos quedado.

                                      Me separé abruptamente de sus labios. ¡Hey que hombre podría tomarse la molestia de separarse de tan hermosos labios! ¡Yo, el idiota de Facundo! Pero, tenía como remediarlo. Fue una reacción instintiva por el miedo que provocaba su perfección. Nada más.

                                      —Tú también tienes esa capacidad. Por ejemplo, no me esperaba eso —me reí. Ella me devolvió la sonrisa y continuó besándome.

                                      Nos dejamos caer de lado en la cama, extendiendo todo nuestro cuerpo en ella. Sus manos empezaron acariciarme las manos y el pecho, de vez en cuando se paseaban por mi rostro y mi cabello. Las mías, con inseguridad, acariciaban su rostro y se enredaban en su cabello, le acariciaban la espalda, y le rosaban el abdomen.

                                      Todo fue pasando tan deprisa, que mi mente volaba, e imaginaba a esa mujer, a esa hermosa mujer con la que ahora estaba a solas en mi habitación, besándonos y contemplándonos. Mi pasado, ese pasado que me perturbaba, ahora estaba en el sótano de mi mente, encerrado por mi voluntad. No permitiría que nada arruinara esto. No permitiría seguir viviendo así, vació y sin novedad. Sin disfrutar de esas pequeñas cosas que la vida se encargaba de ofrecerme.

                                      Y así, tan deprisa como todo lo que relacionaba a Eva, y me relacionaba a mí, aún desconociéndola, aún sin saber su edad, aún sin saber su nombre completo, aún sin saber nada de su familia, aún sin nada de eso, logro impedir que ahora ella estuviera sobre mi cuerpo, extendiendo las manos para sacarse la blusa azul que dejaba ver sus hombres desnudos, y la tiraba a un lado de la cama.

                                      Contemple su piel perfectamente bronceada, y me fijé en sus senos cubiertos por un sostén negro, totalmente deseables. Ahora, estaba esa hermosa mujer desnudándose frente a mí, y yo no paraba de idealizar su cuerpo, de contemplar su magnificencia. Y todo eso lo hacía, sin perder esa sonrisa en sus labios, que no sólo me embobaba, si no, que además, me excitaba.

                                      Mis manos dibujaron el contorno de su cintura, y subieron hasta sus pechos, ella se dejó caer de nuevo en mi cuerpo y me atrajo hasta ella luchando contra la gravedad, me quito la camisa de seda blanca que llevaba puesta, un regalo de aquella mujer de mi pasado voraz. La tiró lejos de la cama, y con sus dedos acarició mi espalda desnuda; mi boca por iniciativa propia ya besaba su cuello, y mis manos acariciaban sus piernas.

                                      Y sin pensarlo, me arriesgué. Desabotone su jean blanco, y con suavidad metí mis manos entre ellos, buscando la decepción, imaginándome que aquella perfección de tal mujer, era solo un invento de mi imaginación, esperando que todo ello, fuera entonces una decepción, porque así es como funciona la vida real.

                                      La toqué imaginándome encontrar un pene, o algo que resultara decepcionante y arruinara su esplendida perfección. Pero no fue así, sus ojos se cerraron y su cabeza se recostó sobre mis hombros, la escuché gemir, y entonces, estaba yo ahí, de vuelta al paraíso; de vuelta a la vida; de vuelta al mundo de las mujeres. Totalmente abierto, esperando que está fuera una de las mejores noches de mi vida.

                                      Y era tanto, el éxtasis que mi propio cuerpo, mezclado entre aromas de una hermosa mujer, y vino de uva; que hable:

                                      —Y sabes una cosa—le pregunté sin esperar respuesta contemplando su rostro que abría los ojos ante mi inesperada intervención—. Mejor que hablar, gemir es mejor —ella sonrió entre su dulce respiración. Tomó mi mano y se levantó. Se abrochó de nuevo el pantalón.

                                      Me contemplo en silenció unos minutos mientras buscaba su blusa con las manos. Se la puso, yo solo admire de nuevo su belleza, aún confuso. ¿Ahora que habías hecho Facundo?...

                                      —No creo que tú termines siendo un pequeño detalle, de una única noche. Por el momento, creo que sería mejor, prolongar más nuestro interés

                                      ¿Qué dijo? No entendía ni mierda. Se inclinó, me beso la boca y continuó hablando:

                                      —¿Me acompañas hasta la puerta?

                                      Una hermosa mujer VI

                                      Maldita, estúpida y sensual canción Non Beliver de La Rocca, había provocado un desorden atemporal de mis emociones teniendo enfrente de mí a una hermosa mujer. Tan hermosa que el hecho de haberla besado, ya había significado para mí una gloria irrepetible. No me importaba haberlo arruinado todo, no me importaba si el sueño terminaba allí, la había besado, y podía presumir de ello.

                                      —Y bien, ¿no vas a decirme qué es lo qué te pasa? —insistió Eva con la ceja fruncida, y la mirada fría. Era encantadora verla así. Yo no la conocía de nada, pero sus facciones siempre me resultaban impredecibles.

                                      Me senté a su lado, volví a servir el vino en silencio. Ella me miraba con frustración, creería yo, que estaba empezando a molestarse. Y no la culpaba, pero tampoco pretendía disculparme por mi vida. Le entregue la copa llena, bogué la mía, suspiré, y sospesé lo que iba a decir.

                                      —El pasado es solo una herramienta que nos permite crecer. Hablar de él es irrelevante, y aún más, creo que esté no es el momento —dije por fin sin mirarla a los ojos. Sabía que si le sostenía la mirada, confesaría todo sin más remedio.
                                      —¿Y entonces éste que momento es? —dijo ella con total resentimiento. Y empezaba a encantarme también ese estado de su personalidad. Cautivador como todos los demás.
                                      —Para que disfrutemos de las pequeñas cosas —me reí y ella pareció aflojar la seriedad. Me contempló en silencio y yo a ella. Sus ojos azules estaban algo dilatados, quizá no era una buena bebedora de vino. Yo no lo era tampoco, ya de tanto bogar, se me había empezado agitar el corazón, bueno no, eso lo provocaba ella también. Pero me sentía eufórico y más liviano, como si la presencia de esa hermosa mujer, ya no pesara tanto.
                                      —No pareces una persona que sepa disfrutar de las pequeñas cosas —dijo Eva tomándose despacio la copa de vino. Ya había caído en cuenta que estaba surgiendo efecto, y no quería emborracharse, o eso deduje. Yo no lo quería hacer, emborracharme y olvidar que esa hermosa mujer estuvo sobre mi cama. No señor, no iba a malgastar ese recuerdo.
                                      —Por eso es una suerte haberme topado contigo —le dije con picardía. Oye Facundo, estás más atrevido, eso me gusta. Me dije. Sonreí ante el idiota monologo que interpretaba a mis adentros.
                                      —Sí, es una suerte para ti —dijo ella fijando la mirada al techo—. ¿Y cuál es mi suerte? —preguntó al aire.

                                      Antes de poder contestarle tuve que recordarme que me estaba preguntando. De momento la mente se distraía observando su cabello rubio enredarse entre sus hombros.

                                      —Qué ahora tienes con quién disfrutar de esas pequeñas cosas —dije. No se me ocurrió nada más inteligente—. Mejor brindamos —le pedí, intentando que olvidará la conversación antes de que todo empezara a complicarse otra vez.
                                      —Para un buen brindis, debe haber una buena canción.

                                      ¡Mierda! Espero no vaya pedir una estúpida canción romántica que volviera a recordarme aquella mujer, y aquellos momentos, en que sus abrazos eran mi tumba.

                                      —El estéreo es tuyo —le dije señalando el portable del iPod donde se reproducían todas las canciones.

                                      Ella se levantó, y yo vislumbré de nuevo su cuerpo, por primera vez, la imaginé desnuda. Y tuve que desvanecer esa imagen enseguida, no quería bochornos ni erecciones notorias. Otra regla para sobrevivir: es intentar no desear más que lo suficiente.

                                      Su cuerpo con gracia fue hasta el estéreo, le miraba la espalda, no tenía ninguna postura cansada y vagabunda, como la tendría yo. Su cola, era un respingón de aires en su cuerpo, y su cabello, que llegaba a la mitad de la espalda, brillaba como si en él hubiesen incrustado algunas estrellas...

                                      No me había dado cuenta que ya había sintonizado una canción y que ahora estaba frente a mí con la copa levantada en la mano, proponiendo un brindis.

                                      —Porque los pequeños detalle son los que mejoran o arruinan una buena noche —dijo empleando la palabra de tal manera que lo comprendiera. Detalles como los que yo estaba teniendo capaz de arruinar una esplendida velada, o detalles como los de ella, para olvidar y continuar con la misma como si nada.
                                      —¡Salud! —Soñé de Zoé empezó a invadir el cuarto. La canción no era que significara mucho en mi pasado, pero cuando la escuchaba la recordaba a ella, a esa mujer, que siempre estaba en mi mente. Sin embargo, eso no iba a impedir que disfrutara de las pequeñas cosas.

                                      Me levanté, deje la copa a un lado de la cama y me paré frente a ella. La miré, estaba expectante. No esperaba una reacción así de mi parte. Quizá, esa hermosa mujer, ya no estaba esperando nada de mi parte. Y me encanto sorprenderla. Sus ojos azules destellaron y se abrieron cuando la tomé de la cintura y la apreté a mi cuerpo. Dejó la copa sobre el escritorio donde estaba el estéreo, enseguida y con sumo cuidado pegué mí frente a la de ella. Cerré los ojos y escuché su respiración.

                                      —Esa canción no se baila —dijo Eva con una risa. Yo sólo percibía ahora sus sonidos, tan bellos como ella. Cualquiera que la escuchara sin verla, se la imaginaria tal y cual como era. Hermosa.

                                      —Yo no quiero bailar —le dije con otra sonrisa saboreando el aroma de su cabello y el de sus labios—. Yo solo quiero besarte.

                                      lunes, 9 de enero de 2012

                                      Una hermosa mujer V

                                      Ciertamente Eva tenía razón. Una de las pasiones más grandes del hombre era el sexo. Y su afirmación me hizo imaginarme aquella mujer a la cual no sólo le entregue mi corazón, si no también mi cuerpo. Imaginé todas esas noches de fervor donde nuestros cuerpos desnudos hacían ruido y devoción. Y ahí estaba otra vez mi estúpida cabeza plasmándome el pasado, cuando tenía una hermosa mujer a mi lado. Mirándome de cerca, con ojos cautivadores y yo diría incluso, que de lujuria.

                                      —Tienes razón —contesté al cabo de un rato. Ya sentía su aliento a vino muy cerca de mi nariz. Y no era repugnante, era… era… era todo lo contrarío a repugnante.
                                      —La mente de un hombre siempre es la misma —dijo con una risita y volviendo a su copa. Le serví más vino, y claro me serví más vino.
                                      —Eso no es cierto —refuté.
                                      —¿No lo es? —me dijo ella con esa sonrisa que ya había memorizado, y que de alguna forma, me recordaban todas esas pinturas de Davinci. Bueno, ella era mucho más hermosa, y aún mejor, era real, no solo una pintura.
                                      —Bueno, el promedio es el mismo. Pero algunos son más tontos que otros —dije cuidadosamente mientras dibujaba en mi mente, a ese hombre que rapto el que una vez fue el amor de mi vida.
                                      —En eso no tengo nada que contradecir —dijo—. Yo me he topado con mucho de esos. Me pregunto hasta cuándo —su mirada volvió a fijarse en mí. Y desvaneció la sonrisa. No sé si era el vino, o que de apoco me aclimataba allí sentado sobre mi cama a esa hermosa mujer, pero mi mente estaba un poco más lucida, y entendía perfectamente, su pregunta: ¿Era yo uno más de esos imbéciles?...

                                      Fije la mirada a mi copa y me reí.

                                      —¿Qué es tan gracioso? —dijo Eva volviéndose acercar a mi rostro. Sus ojos brillaban con el bombillo que iluminaba mi habitación, y su pelo, relucía; ese rubio liso caía sobre sus hombros como una cascada Europea.
                                      —No soy otro imbécil más —le aseguré—. Soy un imbécil, claro, pero no uno como los que tú conoces.

                                      La respuesta le pareció divertida porque amplió su sonrisa. Bogó lo que le quedaba de vino. Nos miramos fijamente, yo bogué lo que me quedaba de vino. Sentí algo estallar en mí, y tener su rostro tan cerca del mío me llevo a un impulso de acercar mis labios a los suyos. Y no opuso resistencia. Entonces, todo me dio vueltas, deje de respirar, y cerré los ojos, intentaba disfrutar del beso, antes de despertar de aquel sueño.

                                      Al cabo de un momento cuando me recordé respirar, lo comprendí, no me había dado cuenta en que momento su rostro se había acercado tanto al mío, tanto, que ahora sus labios invadían mi boca.

                                      ¡Me estaba besando con una rubia de cuerpo espectacular, con los ojos que siempre había soñado y la boca aún más sensual como lo eran sus besos ya!...

                                      Sus labios mordían suavemente los míos, su lengua invitaba a jugar la mía, y yo sentía cada sensación, quizá por el vino, quizá porque era una mujer sin imperfección. Sabía a uva. Sus manos desataron mi copa de las mías, y después se entrelazaron en mi liso cabello. Las mías sin embargo, no se movían de su lugar, mientras disfrutaba del beso, mi cuerpo estaba terriblemente acojonado. Si movía algo más que mi boca, iba a desmayar...

                                      Dejó de besarme y me miró fijamente mientras se separaba de mi rostro, no mucho, lo suficiente como para que yo pudiera deleitarme también con esos ojos azules enigmáticos. Nos quedamos así un rato. Ya no era capaz de medir el tiempo. Era increíble, que nos hubiésemos besado, una mujer como esa, la había besado. Yo la había besado. ¡Mierda! Nadie iba a quitarme esa satisfacción de haber besado por vez primera a la mujer más hermosa que hubiese conocido antes. Y eso, eso, era la gloria.

                                      —Pareces ofuscado —interrumpió el silencio ella con su melódica voz.

                                      ¿Ofuscado?, lo que estaba era perplejo. Quise explicárselo, pero me pareció que no era lo indicado. A una hermosa mujer, nunca debes decirle que tan hermosa es, de hacerlo, esa será entonces tu perdición. O así fue en el pasado.

                                      —Quizá, deba poner algo de música —le dije. Ella sonrió.

                                      Me levanté, encendí el reproductor, y puse algo al asar. Y lamentablemente para mí, y para ella, el reproductor eligió una de esas canciones con la que me identificaba, y que por supuesto identificaban a esa mujer de mi pasado. ¡Carajo!

                                      Vacile, un momento… ¿Qué se supone que haces cuándo todo se te viene abajo por recuerdos y dedicatorias de un pasado que no regresa, pero que revives a diario?, nunca nadie me dijo que hacer en esa situación. Así que, tuve que improvisar. Cambiar la canción fue lo primero, pero cuando lo decidí era demasiado tarde.

                                      —Esa canción me encanta, pero al parecer, tu tienes algunos traumas —dijo Eva levantándose de la cama. Tomó la botella de vino y se sirvió más—. Será mejor que sigamos conversando un rato, y me cuentes que es lo que realmente te pasa.

                                      Eva al parecer, si tenía un jodido defecto. El mismo que tenía yo. Era curiosa, y además, sabía siempre que preguntar. ¿Y por qué siempre sabe que preguntar?... Porque era una buena observadora. Ya lo había comprobado.

                                      —¿Eso es importante? —me atreví a decir sin dejar de contemplar su belleza. Cuando estaba sería, fruncía el ceño y se veía mucho mejor que cuando sonreía.
                                      —Lo es, si no deseas que empiece a pensar que eres otro imbécil más, que digo; un imbécil más de esos que están trastornados.

                                      Me reí. Ella estaba sería. ¡Bravo Facundo!, siempre sabes como arruinar un maldito y excitante momento.

                                      domingo, 8 de enero de 2012

                                      Una hermosa mujer IV

                                      Estaba con una hermosa mujer, rubia de ojos claros frente a una puerta de madera muy grande. Nunca había detallado la estúpida puerta hasta hoy, que tenía esa mujer a mi lado apunto de ingresar a mi casa. Había sacado las llaves, pero estaba inmóvil.

                                      —¿Estás bien? —me preguntó Eva notando mi incapacidad para seguir avanzando.

                                      Me las había ingeniado para no responder su última pregunta. Bueno, realmente no me las había ingeniado, simplemente seguí caminando e ignore la pregunta. Lo peor que pude haber hecho. Eso evidenciaba que el tema me resultaba delicado y apostaba a que ella también lo había notado.

                                      —Estoy bien —dije al cabo de unos minutos.

                                      Ella estaba a mi espalda, no la miraba, pero me imaginé sus pensamientos: que chico más raro, o que idiota, o algún adjetivo calificativo que usaría yo de estar en su lugar.

                                      —Si tienes problema con que entremos a tu casa, no hay inconveniente —dijo con esa voz que endulzaba mis pensamientos—. Igual es tarde, y bueno, creo que debería regresar a mi casa.
                                      —¿Vas a rechazarme el vino? —le pregunté en un intentó de recuperar lo que iniciamos. Vamos, no podía echar a perder todos los buenos momentos de mi vida, no podía dejar de disfrutar de las pequeñas cosas. Eso ya había ocasionado un hueco en mi vida, no podía ser tan estúpido para dejar que pasara de nuevo.

                                      Eva se río y dio dos pasos adelante.

                                      —Por supuesto que no me negaría a una copa de vino.

                                      Me di cuenta que me temblaban las manos cuando intente en dos ocasiones incrustar la llave en la puerta. Hasta que por fin logre abrirla.

                                      —Es dura la puerta —me excusé, pero no sonó convincente. Ella volvió a sonreírme y su risa, por más veces que la repitiera lograba cautivarme.
                                      —Linda casa —dijo cuando entramos. Todo estaba oscuro, pero la casa, tenía un diseño de interiores tan cautivador como en los años 90. Todo eso, merito de mi madre.
                                      —Gracias —le dije con suficiencia.

                                      Fui hasta el pequeño bar que teníamos cerca de la sala, y tome una botella de vino prestada. Claro como si fuera a devolverla. Luego, fui por dos copas que estaban sobre el anaquel y la invité a subir a mi cuarto. Ella me seguía cautelosa. Y yo caminaba con la respiración agitada.

                                      —Vaya —exclamó Eva cuando entramos a mi cuarto. La contemplé mientras recorría mi cuarto con curiosidad, se movía con gracia. Nunca antes había observado el tan delicado caminar de una mujer, hasta que tuve enfrente a esa rubia—. Te gusta mucho leer.
                                      —Sí —respondí avergonzado. Había muchos libros en una estantería que colgaba sobre la pared de mi cuarto. Ella tomo el libro de poesía de Edgar Allan Poe.
                                      —¿Y entonces te gusta la poesía? —me preguntó y fijo sus ojos azules en mí, que ya estaba recostado en la cama con las dos copas y la botella de vino en las manos.
                                      —La verdad no. Me parece algo sumamente patético.
                                      —¿Por qué es patético? —preguntó con incertidumbre y en sus ojos había algo que no descifraba, tal vez, entendió eso como un insulto.
                                      —La mayor parte de la poesía es causante de malos tratos con el amor. Es decir, la consecuencia del sufrimiento, un acto masoquista del escritor sinvergüenza —respondí imponiéndome a cualquier otra opinión.
                                      —¿ Entonces nunca has escrito para una mujer?
                                      —Muchas veces —respondí avergonzado, después de lo que había explicado, admití que escribía para una mujer, bueno, al menos para aquella mujer si escribí muchas veces.
                                      —Así es cómo las conquistas a todas —dijo ella sin reírse. No se trataba de una broma, lo aseguraba de verdad.
                                      —No soy tan bueno —admití.
                                      —Que te parece si nos saltamos está conversación de arte que prometí y vamos directamente a las pasiones —dijo ella sentándose a mi lado en la cama. Me maree, olvidé respirar en ese instante.

                                      O afortunada cama, que has visto pasar mujeres por entre tus sabanas, tener hoy, aquella dama.

                                      —¿Cuál es tu pasión? —le pregunté mientras me recordaba respirar y servía las dos copas de vino.
                                      —La escritura —contestó recibiéndome la copa de vino. Joder, es que acaso no tenía algo que dejara de llamarme la atención. Toda esa mierda, de que me era indiferente si pasara algo o no entre ella, empezaba a caducar a la medida que ella hablaba, no era solo su voz, no era solo su aroma o su belleza, ahora también era su inteligencia. Estúpida mujer perfecta sentada en mi cama—. ¿Y la tuya? —me devolvió la pregunta volviendo a sorber del vino y sin quitar su tierna mirada de mis ojos que evadieron la suya para concentrarse en contestar. ¿Qué podía decir?...
                                      —El cigarrillo —le contesté con una sonrisa. Ya estaba un poco más fresco, aunque he de admitir que hasta el culo me temblaba.

                                      Ella inesperadamente se acerco más a mí, y entre susurros hablo nuevamente con esa voz que me hacia recordar, lo irreal que era ella en ese momento.

                                      —No te creo —dijo—. A los hombres lo que más les apasiona es el sexo.

                                      sábado, 7 de enero de 2012

                                      Una hermosa mujer III

                                      Me temblaban las piernas, tenía que concentrarme en caminar. Esa rubia de ojos claros, me ponía nervioso. Era fácil estar sentado y concentrarme en el humo del cigarrillo para dejar que mi mente se aclimatara a su presencia, pero tenerla caminando a un lado de mí, y tan cerca, era algo diferente. Sólo miraba al frente, temía que si llegase a mirarla mientras caminábamos tropezara e hiciera ese ridículo que tantas veces hice con aquella mujer que un día entro en mi vida.

                                      —¿En qué piensas? —rompió el silencio Eva mientras recorríamos el parque central de la ciudad. El aire frío y el viento, extendían su aroma hasta mi nariz, otro punto que me desconcentraba. No solo porque olía muy bien, si no, porque entonces, me imaginaba a aquella mujer. Era mucha presión y yo un tonto.
                                      —Nada en particular —contesté.
                                      —¿Entonces no vamos para ningún lugar en particular? —preguntó ella; su voz con un tenue acento que mostraba la fineza y la clase educada de persona que debía ser.
                                      —¿Te molesta en recorrer el parque?
                                      —Es muy lindo, pero ya lo conozco —discrepó.

                                      Las bombillas iluminaban el camino de cemento entre tanto verde. Los arboles se movían suavemente por la corriente de aire frío que nos rozaba la piel. Algunos vagabundos nos miraban —en especial a mí— con mucha curiosidad. Y los entendía. ¿Qué hacia un pelmazo como yo, caminando con una mujer como ella?

                                      —¿A dónde quieres ir? —le pregunté intentando no tropezar con una ramita que había en el camino. Cualquier obstáculo por más pequeño que fuera, era un peligro en mi estado. Somnoliento y estúpido.
                                      —Quizá te recibiría una buena copa de vino, en un lugar más tranquilo —dijo ella, no me acostumbraba a su hermosa voz—. Tal vez, allí podamos hablar de nuestras pasiones, y por qué no, del arte.
                                      —¿Un lugar más tranquilo...? —tuve que tragar saliva.
                                      —¿No conoces ninguno? —dijo Eva con una sonrisa. Ella al menos, sabía de qué hablaba. Yo de tanto: ¿de qué coño hablaba?...

                                      Me quede en silencio contemplando las luces que iluminaban el camino. Su aroma me mortificaba, además de cautivarme.

                                      —¿Vives solo? —preguntó conteniendo una risa. Debe pensar que soy un idiota que no sabe tratar a una mujer. Bueno, la verdad es que así es.
                                      —No. Pero es como si viviera solo —le contesté.
                                      —¿Por qué?
                                      —Mis padres se la pasan en su habitación y yo en la mía.
                                      —Suena perfecto entonces —contestó de nuevo con una risita. No le veía la cara, no era capaz de mirarla, pero la imaginé, y no pude contener de nuevo los temblores que se prolongaban hasta mis manos.

                                      Volví a tragar saliva. Ya estábamos a la salida del parque.

                                      —A veces pareciera que no sabes tratar a una mujer, o entenderla —dijo ella con seriedad.

                                      Por fin volteé la cabeza 60 grados para mirarla. Ella contemplaba el cielo. Y estaba seria.

                                      —¿Y quién puede entenderlas? —ella se rió.
                                      —Tienes razón —corroboró con otra enorme sonrisa que me dedico mirándome a los ojos—. La verdad es que pareces un seductor, pero entonces, no eres más que un chico tímido. Y es raro, porque las palabras de la otra noche, no eran para nada algo así.

                                      Estábamos de píe al final del parque. Y yo solo podía pensar en dos cosas: Esa hermosa mujer a mi lado, creo yo, haciendo una especie de insinuación, y a otra mujer, que una vez conocí con el mismo aroma, de la cual, nunca había superado su pérdida.

                                      —Digamos que hay momentos para todo —dije.
                                      —¿Y este momento para qué es? —preguntó con curiosidad, lo podía saber por la forma en que se encuevaban las cejas. Ahora que ya no podía dejar de mirarla.
                                      —¿Para ir a mi casa? —dije inseguro.
                                      —Es una buena idea —se volvió a reír—. ¿Es lejos de aquí?
                                      —No, podemos llegar caminando.
                                      —Entonces somos vecinos —dijo ella acercándose más a mi cuerpo. Las piernas volvieron a temblarme.
                                      —Hola vecina —dije asustado, no podía pensar con claridad. Idiota, idiota, idiota.

                                      Ella se rió y mostró su perfecta dentadura. ¡Carajo! ¿Dónde estaba su imperfección?... Retomamos el camino para ir a mi casa, que estaba a dos cuadras del parque. Por suerte, mi familia no era cualquier familia, y mi casa, no era cualquier casa. Eso al menos, podría impresionarla. Aunque, pensando en ella, me imagino que todo lo que tengo yo, ella lo tendría al triple.

                                      —¿Y has tenido novia? —me preguntó de repente mientras caminábamos a mi casa. Y de nuevo estaban esas preguntas que relacionaban mi pasado, y en las cuales, era incapaz de mentir, pero también incapaz de decir la verdad.

                                      ¡Mierda!

                                      viernes, 6 de enero de 2012

                                      Una hermosa mujer II

                                      Estaba completamente seguro que esa hermosa mujer que conocí no iba a volver aparecer desde que fui completamente sincero con ella. Ya había pasado una semana desde entonces. Aún recuerdo como torció el gesto y desapareció con una sonrisa. Ese era el preció de ser sincero, bueno, medio sincero. Y la verdad no sentía remordimiento, ni pena, ella que se hacia llamar Eva, era una mujer perfecta, tan perfecta que sabría de mis posibilidades ante ella como amante, como hombre, como lo que fuese: Eran nulas. Ni siquiera lo intentaría.

                                      Yo de tanto, no perdía la costumbre de tumbarme en la banca del parque central durante la noche a disfrutar de mi cigarrillo diario. Solo fumaba de noche, que era donde la actividad cerebral se hacia poco intensa, y quedaba tiempo para pensar en esa mujer, que un día se marcho dejándome solo eso, pensamientos, frustrantes pensamientos.

                                      —Hola Facu —dijo alguien detrás de mí. Era una tenue voz que se había grabado en mis recuerdos auditivos desde la primera vez que la oí.

                                      Me giré para comprobar que era la persona de la que se trataba. Me impresioné, pero intenté mostrar frescura e indiferencia, no fuese que la espantará otra vez. Aunque para mis adentros, era imposible de creer…

                                      —Hola Eva —la saludé y me giré de nuevo para estar frente al humo que expedía mi cigarrillo.

                                      La rubia de ojos claros, con un cuerpo deseable fue hasta mi banca y se sentó juntó a mí. Olía como a frambuesa cerca de su cabello suelto; distinguía el olor con claridad. Era esa fragancia de Victoria Secret que también usaba aquella mujer de mi pasado. Esa tonta mujer. ¡Mierda! Odio recordar.

                                      —Huelo raro —interrumpió Eva oliéndose así misma cuando noto mi expresión. Pero no era su olor, eran los tontos recuerdos. ¿Pero cómo iba a decírselo?...
                                      —No seas tonta —repliqué arrepintiéndome de haber usado esa palabra, ella no era para nada una tonta—. Tienes un aroma esplendido...
                                      —Claro —refutó con sarcasmo. Me reí y le ofrecí mi cigarrillo. Ella lo tomó y le dio una calada.
                                      —¿No traes hoy los tuyos?
                                      —La verdad es que hoy no vine a fumar —su voz tenía la capacidad de embobarme. Cada que hablaba, me preguntaba dónde podría estar su imperfección.
                                      —Entonces... —le seguí la conversación, más que porque ello me importará, era por seguirla escuchando hablar.
                                      —Lamento lo del otro día —dijo bajando la mirada de sus ojos azules al suelo.
                                      —No hay problema. Yo también habría salido corriendo —le dije sonriendo.

                                      Nos quedamos sentados en silencio por varios minutos, yo intentaba recobrar la compostura y no dejarme llevar por la belleza de aquella mujer sentada al lado mío. Intentaba con todas mis fuerzas no girarme para quedarme viéndola, pero aún así, me giraba en ciertos momentos para observarle. Ella seguía con la mirada gacha.

                                      —¿En qué piensas? —rompí el silencio que se volvía incomodo.
                                      —¿Por qué no me miras con interés, aún después de decirme lo que pretendías en una mujer? —¿estaba hablando enserio?, enfoque mis ojos a la luna. Sí, al parecer la pregunta era sería, no añadió una sonrisa, ni nada.
                                      —Estás acostumbrada a eso entonces —le respondí intentado evadir el tema.

                                      Sentí su mirada fijarse en mí. Era incapaz de voltear.

                                      —Hasta mujeres como yo, también buscan disfrutar de pequeñas cosas.
                                      —Una buena charla por ejemplo —contesté.
                                      —Un cigarrillo y buen sexo por ejemplo —respondió ella. La escuche reírse con picardía.

                                      ¿Estaba pasando esto realmente?... Volteé la cabeza para mirarla, en ningún momento me quito la mirada de encima, y yo a ella tampoco. Y verla mirándome así, la hacia ver mucho más hermosa, sus ojos muchos más azules, su boca aún más rosada y delgada, y sus pómulos de un color algo rosado.

                                      —¿Quieres dar una vuelta? —le pregunté. Ella sonrió y se levanto primero que yo. La observé de cuerpo completo nuevamente. Increíble. Era incapaz de levantarme. Ella tendió su mano para ayudarme, le sonreí y me levante. Me temblaban las piernas.

                                      Una hermosa mujer I

                                      Tenía mi cigarrillo bien sujeto con los dedos. Había empezado a fumar de nuevo, desde que aquella mujer dejo ese hueco en mi interior. Desde el día que decidió empacar sus sentimientos y llevárselos lejos de mí y más cerca de otro. Fumar, era uno de esos placeres que ahora disfrutaba en soledad.

                                      La banca del parque central de la ciudad donde me encontraba sentado, era confortable, lo que no era confortable eran los recuerdos de una mujer hermosa, y perfecta, una de esas mujeres que no sabes tú, como logran meterse con un tipo como yo, de poca gracia y malhumorado. Amores que solo ocurren una vez, no encontraría mujer más hermosa, no, una que de verdad quisiera estar conmigo. Le di otra calada al cigarrillo.

                                      —Me regalas candela —me pidió una mujer que rompió los hilos melancólicos de mis pensamientos.

                                      Saque la candela, una de esas candelas que cuando se abren encienden la llama. Al menos era sofisticado. La mujer, a la que contemplé mientras le ofrecía el fuego para que encendiera un cigarrillo que ella misma llevaba en las manos, quedó asombrada. Debió pensar también, que yo, era un hombre sofisticado.

                                      Cuando encendió el cigarrillo, logré salir de mis recuerdos, y fijarme en ella. Era hermosa, rubia, de ojos claros, y con un cuerpo deseable. Para nada voluptuoso, sus senos, eran simplemente la combinación perfecta con su cintura, y su empinada cola. Eso sí, me toco levantarme de la banca y hacer una pirueta para poder ver su cola. Ella me sonrió al ver el torpe intento por detallarla. Le divertía.

                                      —¿Qué haces tan tarde en un lugar como éste? —le pregunté bajando el cigarrillo. Ella fijo sus ojos azules en los míos, para nada azules.
                                      —Lo mismo que tú. Solo quiero disfrutar de un cigarrillo, y realmente el problema era que no podía dormir. Así que decidí hacer la noche interesante —su voz era una tenue brisa. ¿Podría ser más perfecta?.
                                      —¿No temes que sea un horripilante hombre morboso que intente violarte? —le pregunté. Una mujer tan bella, en un parque a eso de media noche. No era una buena cosa, o no una buena mujer.
                                      —Tengo buen ojo para los hombres —dijo y sonrió. Esa sonrisa me recordó a esa mujer, que se llevo su rostro fuera de mi alcance. Maldita sea, como podía pensar en ella, teniendo una hermosa mujer frente a mis ojos.

                                      Intenté sonreír con disimulo ocultando mi melancolía, que por desgracia fue bastante evidente.

                                      —¿Estas bien? —me preguntó de inmediato poniendo un gesto preocupado. Sus ojos se abrieron y la comisura de su sonrisa desapareció.
                                      —Me preocupan la muerte de las ballenas —le dije y ella frunció el ceño. Yo reí.

                                      Estuvimos en ese parque al menos tres horas conversando, nos fumamos toda la cajetillas de cigarrillos que yo había comprado para una semana. Y durante esas tres horas, logré dejar de pensar en esa mujer que se había robado mi corazón, para contemplar una nueva mujer que su hermosura, era incomparable además de inalcanzable. Saber eso, evitaba que yo tuviera algún tipo de intención con ella, era transparente, pero no del todo sincero, no quería que supiese mis desgracias, que no la supiese nadie.

                                      Esa mujer sentada a mi lado con un jean y una blusa negra de tiras, rodeada de un buso de tela delgado, era una mujer que podría fijarse en cualquier otro tipo, mucho más bello e inteligente que yo (bueno, inteligente no lo sé), y la idea me reconfortaba y no me molestaba.

                                      —No sé tu nombre —me preguntó y en sus ojos había un destello. Yo la contemple en silencio. ¿Será que haber hablado de los idiotas poemas de Neruda la había emocionado?
                                      —Me llamo Facu —contesté al cabo de un rato—. Bueno, me llamo Facundo, pero puedes decirme Facu.
                                      —Me llamo Eva —dijo ella por iniciativa propia. De nuevo su voz retumbo en mis oídos como el canto de una golondrina. Me extendió la mano y yo se la estreche, en un gesto formal de presentarnos.
                                      —Lindo nombre —fue la única idiotez que se me ocurrió decir. El último cigarrillo que me quedaba se consumió. Baje la mirada y me perdí en el humo que quedaba.
                                      —Mirá —me dijo y ofreció su cigarrillo que iba a la mitad.
                                      —¿Siempre fumas? —le pregunté recibiendo el cigarrillo de sus manos y rozando sus dedos. Tenía una piel esplendida, suave. Bueno, al menos las de sus dedos.
                                      —Eres de esos hombres que les molesta que las mujeres fumen, porque es poco femenino —respondió ella frunciendo el entrecejo. Yo me reí.
                                      —La verdad, me parece un atractivo más de ti —ella sonrió y sus mejillas se tornaron de otro color, uno más rosado.
                                      —¿Qué es lo que te gusta de una mujer? —no podía creer que me hubiese preguntado eso, después de tocar temas del siglo XVIII, la literatura, el cine, y otras idioteces de seudosintelectuales, me preguntaba por mujeres. ¡Carajo!, que iba yo a responderle...

                                      Ella esperaba pacientemente mi respuesta. Yo meditaba mis palabras. No quería simplemente describir aquella mujer que una vez se marcho con mi corazón sin devolverlo. No quería simplemente quedar en evidencia, y demostrar lo patético que era ese hombre con el que había compartido al menos 20 cigarrillos y una placentera charla.

                                      —Una con la que pueda fumar y pueda follar —respondí finalmente, presa del pánico.